lunes, 14 de mayo de 2012

La ceniza sobre el níspero

Aunque el reporte de la policía indicaba que la tragedia se debió a un accidente con una bombona de gas, todo el pueblo sabía que Candelario Carbonel se había prendido en fuego, como por arte de magia, después de rezar un rosario completo de puros padre nuestros. 

Algunos incluso aseguran que lo de Candelario fue una manifestación de su propia santidad. Pero los que reniegan de esta versión, dicen que nada que sea santo echa tanto humo y llamarada. Más bien, estos le atribuían al calcinado Candelario un oscuro arreglo con el demonio mismo. 

El majestuoso incendio de aquella noche era recordado en el pueblo como un gran misterio, que crecía cada vez más en los cuentos de los viejos en las noches de velas y sereno. Misterio por el cual a Candelario Carbonel, a pesar de las advertencias histéricas del párroco, ya algunos hasta le rezaban. 

Sin embargo, lo que sí se sabía cierto era que Candelario hacía tiempo que algo extraño le ocurría. Desde sus compañeros de sacristía, sus alumnos de la escuela de pintura, los mendigos de la licorería, hasta su propia madre concuerdan en que algo muy raro le pasaba al honorable Candelario. Algo que no era natural. 

No fue sino hasta cincuenta años después que Clarita, ya senil y burlada por la memoria, se confesó casual sobre su lujosa mecedora y contó con mucho detalle cómo Candelario Carbonel había sido su amante secreto. 

Bajo el único árbol de níspero de aquel pueblo, que siempre daba nísperos dulces y nunca ácidos, Candelario había confesado su amor a la hermosa Clarita a quien conocía desde siempre. Y a pesar de que ya todo estaba listo para la boda de ella con el gran coronel Voleur, un distinguido oficial francés que estaba de paso por el país, Clarita le entregó a Candelario, en un nervioso puño cerrado, las pantys que ese día vestía. 

Candelario, que era muy respetado por todos por su intachable moral, su muy decente abolengo familiar y su ejemplar labor social con la iglesia, no supo sino esconder su tórrida aventura con Clarita, la cual lo condujo la calurosa noche anterior al tan anunciado casamiento, a perder la conciencia borracho con un botellón de aguardiente, unas pantys en la mano y un imprudente tabaco encendido entre los labios. 



Por David Cerqueiro

jueves, 5 de abril de 2012

Lo que pasa

Coincidencias que no llevan a nada, son como baúles vacíos de tesoros tropezados.
Como las caricias que me das apurada. Como balas de salva que asesinan.

Cuando algo pasa al mismo tiempo que otra cosa, y nada pasa, es cuando a pesar de estar, en realidad te has ido.
Cuando la brisa tantea y el sol falta, mientras terca te bronceas en la azotea nublada.

Cada vez que nada pasa pienso en tus caderas adornadas, en tu cremosa palidez, en tus indomables ganas de cantar.
Porque entonces nada coincidía y todo era un caos acogedor y perfecto.

Que un día dejé pasar.


por David Cerqueiro R.

sábado, 17 de marzo de 2012

Bernarda de mi corazón

Lo más fascinante de Bernarda no era su voluptuoso cuerpo pecoso, famoso en todo el pueblo por sus andanzas juveniles, ni el irresistible tono ronco de su voz de niña caprichosa, sino la manera como resolvía despreocupada su ondulada cabellera castaña con una veloz cola de caballo, mientras guardaba las partes de sus víctimas en envases tupperware y bromeaba pícara sobre la fecha de vencimiento. 

La venta ilegal de órganos humanos había sido el sustento de Bernarda desde que ella podía recordar. La imagen de su padre trabajando con los dientes marrones de mascar chimó, vistiendo un raído delantal de cocina con unos guantes de limpiar baños y cantando tangos a todo pulmón, era para Bernarda un cuadro familiar. Y como en aquel pueblo olvidado no existía otra cosa más que la soledad, el tiempo y la licorería, a Bernarda se le hacía natural y a veces inevitable, asumir el negocio que había heredado. 

Bernarda había perdido la virginidad a los trece años, en la parte de atrás del bar del pueblo con Ramiro, el hijo del dueño, quien tenía entonces veinte años y trabajaba como chofer del camión de su papá. A Bernarda nunca le gustó Ramiro, pero aquella tarde que venían de pasear por el río y Ramiro le había ayudado a matar una culebra, a Bernarda le provocó “salir de eso” y así lo hizo sobre unas gaveras de refresco. 

El padre de Bernarda había muerto en aquel mismo bar de un aneurisma en el cerebro, durante una acalorada discusión con un viejo compadre, después de haberse tomado dieciséis vasos de aguardiente y haber escuchado un insinuante chisme sobre su difunta mujer. En aquel entonces el enfermero del pueblo, quien era apenas un estudiante, no supo reconocer el accidente cerebro vascular del padre de Bernarda, por lo que la autopsia que emitió determinó que el señor había muerto oficialmente “de arrechera”. 

Pero Bernarda nunca fue muy cercana a su padre. Una tarde una prima lejana de su mamá, quien solía visitar en ocasiones al padre de Bernarda, le dijo con los ojos aguados, mientras tomaba el sereno en el porche de la casa y espantaba la plaga con el humo de su tabaco, que él no era su padre. Desde entonces, cada vez que Bernarda olía tabaco sentía un poco de tristeza. Y a la prima de su mamá nunca más la volvió a ver. 

A pesar de todo esto, Bernarda no era una mujer débil. El oficio que le había tocado le había enfriado la sangre lo suficiente como para no temerle a nada. Tanto así, que los hombres del pueblo, que casi todos habían tenido alguna aventura con ella, no se atrevían a acercársele demasiado. La reputación de su familia la antecedía y la oscuridad de su oficio la enajenaba y Bernarda ya estaba acostumbrada a dormir sola desde hacía ya muchos años. 

Una mañana, cuando distraída contemplaba el paisaje de la sabana, Bernarda estrelló su camioneta contra una mula que escapada deambulaba por la carretera. Bernarda atravesó violentamente el parabrisas de su auto y voló varios metros para caer inconsciente y para siempre sobre los vidrios del ardiente y polvoriento camino que llevaba a su casa. 

Nadie supo de Bernarda hasta varias horas después del accidente cuando un autobús de la capital se encontró con el reguero. La gente del pueblo conmocionada no dejaba de comentar sobre aquella espectacular tragedia y de lamentarse por la muerte de la joven. Durante las averiguaciones correspondientes la policía encontró, detrás de la casa de Bernarda, un viejo refrigerador escondido dentro de un oscuro galpón que los desconcertó más que nada. 

Si bien la policía descifró de inmediato el macabro negocio de Bernarda, mediante las docenas de envases tupperware encontrados, nunca pudieron explicarse qué hacía una joven tan bella, y en aquel pueblo perdido, con una extrañísima y meticulosa colección, que permanecía claramente separada de aquellos tupperware, de solamente corazones intactos. 


por David Cerqueiro R. 

sábado, 10 de marzo de 2012

Conchita

No era la primera vez que Conchita era víctima de un secuestro, pero esta vez, por alguna razón, algo en el ambiente era distinto. Mientras la mantenían sentada en la parte trasera de su camioneta último modelo, con la cabeza entre las piernas, los malandros discutían nerviosos sobre a dónde llevarla, a la vez que escapaban a las afueras de la ciudad.

De los tres secuestradores, uno se sentaba junto a ella apuntándola permanentemente con un revólver y acariciándole el pelo -“No te vayas a poner a inventar, que nosotros lo que queremos es tu plata. Al menos que tú quieras otra cosa mamita.”- Le susurraba el secuestrador con un leve aliento a ron.

Conchita no paraba de llorar y los secuestradores no paraban de insultarla y de amenazarla de muerte. Después de golpearla, forzarla a entregar sus tarjetas bancarias, todas sus pertenencias y averiguar la ubicación del resto de su familia, los secuestradores decidían qué hacer con ella.

“La violamos, nos la quebramos y la tiramos en un monte en Guarenas”- propuso el conductor, quien no dejaba de observar a Conchita por el retrovisor. -“Eso es mucho paquete”- intervino el copiloto, quien parecía ser el líder del grupo. -“Quedamos en que solo veníamos por los reales. A la mami esta la dejamos botada en Mariches, que con esa pinta de muñequita no sale de ahí viva”-. Se reían los tres diabólicamente mientras se adentraban en los enredados caminos verdes que salían de la capital.

Conchita sabía que de aquella situación no saldría ilesa. Los secuestradores cada vez se ponían más violentos y el que estaba junto a ella no paraba de manosearla. -“Tranquila mamita que yo no te dejo solita por ahí”- le susurraba en la oreja cada vez más inquieto.

A Conchita le habían atestado un fuerte golpe en la frente y había sangrado mucho. Comenzaba a sentir un poco de náuseas, pero la intensa adrenalina del momento no le permitía bajar la guardia. Después de todo, Conchita siempre fue una mujer fuerte acostumbrada a tener el control. Había dejado la casa de sus padres a los diecisiete años para independizarse y había sacado sola tres títulos académicos. De las últimas doce relaciones amorosas que había tenido, todas las terminó antes de los cuatro meses por falta de “un no sé qué” como solía decir.

Conchita observaba disimuladamente, en la medida de lo posible, los movimientos de los criminales, el lenguaje que utilizaban, los gestos que hacían, la manera como la miraban. Aunque nada de eso era nuevo para ella, esta vez Conchita sintió verdadero terror.

Repentinamente detuvieron la camioneta en un relleno sanitario. El fétido olor de la basura podrida lo penetraba todo y los polvorientos zamuros, espantados por la camioneta, volvían enseguida al banquete interminable de carroña.

“Déjenme diez minuticos con ella a solas, que yo me encargo de despedirla”- pidió el conductor lascivo, a lo que el líder de la banda replicó -“¡Ya está bueno con la guachafita! La dejamos a ella aquí, con la camioneta sin llaves y nos vamos con el Sapo que debe estar por llegar. Con esta camionetota, y con la cara de malandros que tienen ustedes, nos caemos con los pacos en la primera esquina”- sentenció autoritario.

A los pocos minutos, Conchita los vio a todos montarse en una vieja ranchera color vinotinto e irse del lugar a toda velocidad y finalmente respiró ella un poco de calma. Le dolía mucho el golpe en la cabeza y casi no podía ver de lo hinchados que tenía los ojos de llorar. Al componerse un poco y detener el sangrado de la herida que le dejaron, Conchita repasaba en su mente la pesadilla que acababa de vivir. Daba gracias a Dios por seguir viva y por haber atravesado aquella experiencia relativamente intacta, a pesar de la horrenda situación en la que ahora se encontraba.

Sin embargo, al tratar de moverse de su asiento, Conchita notó algo muy raro de lo cual no se había percatado hasta ese momento: su ropa íntima y el vestido entre sus piernas estaban completamente empapados como hacía mucho tiempo, más del que Conchita hubiese deseado, no le había ocurrido. Ni con el más apasionado de sus amantes.

Una imperceptible sonrisa le iluminó el rostro y Conchita levantó la mirada confundida hacia la carretera de polvo que llevaba a aquel vertedero de basura.

Pero la vieja ranchera ya se encontraba lejos.


por David Cerqueiro R.


Publicado en el diario El Universal el día lunes 19 de marzo de 2012:
http://www.eluniversal.com/opinion/120319/conchita

martes, 28 de febrero de 2012

La madrugada de Humberto

A Humberto José le gustan las mujeres brinconas, el ron barato y las peleas sin sangre. Por unos principios en contra del sistema muy arraigados, nunca trabajó en su vida y de sus problemas siempre culpó a su tía abuela quien lo crió soltera.

Una vez, cuando se devolvía a buscar su cédula olvidada en un centro hípico de Plaza Venezuela, encontró a su compadre sin un zapato, muerto sobre una mesa de pool, con cuatro tiros en el tórax y con una cuenta pendiente por tres servicios de Whisky. Eran apenas las once de la mañana.

Lo positivo de Humberto José es que nunca perdió esa chispa infantil que lo hacía popular entre las mujeres. Se reía de los chistes con ganas y siempre daba crédito a quien se los había contado. Como amigo era relativamente fiel, siempre prestaba dinero y escuchaba incansable las borracheras lloronas de sus amigotes, pero su fidelidad solo duraba hasta que se atravesaba, entre él y su compadre de turno, una falda nueva.

Humberto José nunca votó en las elecciones porque “todos los partidos son la misma vaina” decía. Y nunca terminó el bachillerato porque “soy muy flojo pa’ estudiar” explicaba. “Lo mío es trabajar” remendaba siempre defensivo, aunque jamás nadie le conoció un empleo.

Su ética sobre el ecosistema, el mal vocabulario frente a los niños y el maltrato animal era intachable. Por esto algunos le decían El Monaguillo; “porque se las da de buen tipo” contaba un valet parking de un famoso puticlub del centro.

Humberto José ya se acercaba a los cuarenta años y su tía madre le recordaba incansable, todos los días, que enrumbara su vida. “¿Puedes creer que hoy mi vieja me vino a levantar a las diez de la mañana?” conversaba indignado con un amigo sobre una barra con pepitonas, mientras estiraba la cuenta fiada que aún le quedaba en ese bar. “Esto es el colmo ya” sentenciaba obstinado.

Humberto José era, pues, un espíritu libre.

Una madrugada, tempranito, Humberto José estaba recolectando dinero entre los que quedaban de sus amigos a esa hora, para comprar Whisky donde una viejita que a cualquier hora vendía clandestina cerca de aquel bar, siempre y cuando le regalaran, sin falta, un poco de marihuanita.

Repentinamente el cuidador del bar, un señor mayor de color negro oscuro con unas patillas que conectaban con un canoso bigote colorado de nicotina, y quien siempre mantenía bajo su silla de plástico una cabilla envuelta en mecate, les ordenó a todos que hicieran silencio mientras le subía el volumen a su radio AM.

¡Noticias de último minuto! Un grupo de militares se había alzado contra el gobierno de turno y habían intentado un golpe de estado. El palacio de gobierno se encontraba rodeado de tanquetas militares y nadie sabía bien cuál era el status de la situación. Las garantías se habían suspendido y nadie podía salir a la calle hasta nuevo aviso.

Humberto José escuchaba atento a sus amigos quienes especulaban sobre la inestabilidad del actual gobierno, sobre los antecedentes de aquellos militares y sobre quiénes eran los responsables de todo aquello. La atmósfera del bar se impregnó de charla política con un poco de miedo mientras se escuchaban sirenas de policía que pasaban por la avenida y disparos aislados a lo lejos.

La madrugada había cambiado su tono y la incertidumbre, como un bolero inédito, ganaba terreno poco a poco. Un compadre de toda la vida se le acercó a Humberto José y le preguntó qué harían ahora. Humberto José lo pensó por varios segundos, se ajustó el pisa corbata que le regalara su verdadera mamá de primera comunión y respondió:
“Traigan el monte pa’ la vieja, que yo de política no sé nada”.

Y salieron todos por la puerta.



por David Cerqueiro R.



Publicado en el diario El Universal el 5 de marzo de 2012: http://www.eluniversal.com/opinion/120305/la-madrugada-de-humberto

jueves, 16 de febrero de 2012

Café

De las 180 tazas que me tomé esta mañana/
solo 100 me restan por el día.
Y de las 90 cucharadas de azúcar que les echo/
hoy, por salud, solo 45 podía.

Aunque de cafeína ando alzado por la vida/
no dudo en detenerme a saludarte mi querida.
Que de tu cara siempre me quedó la honda mirada/
y de tu cuerpo, siempre, la dulcísima caída.

No llores más por ese hombre, imberbe amigo de la teína/
pelele, poco hombre y lamedor de sacarina.
Ven conmigo a consolarte y te prometo que cambiaré/
todas tus lágrimas aguadas por cerreras gotas de café.


por David Cerqueiro R.


Publicado en el diario El Universal el 20 de febrero de 2012: http://www.eluniversal.com/opinion/120220/cafe

lunes, 6 de febrero de 2012

Caramelo

Envuelta en caramelo la encontré a ella un día, empegostada del melado de sus recuerdos.

Envuelta en caramelo me la traje a casa, sobre mis hombros incansables de su azúcar.

Y así la mantuve por años a escondidas de las hormigas.

Cuando le pegaba el sol, su sonrisa tímida se veía por debajo de su cubierta.
Al igual que sus ojos negros que parpadeaban dificultados por el almíbar.

A veces íbamos al parque, a veces al cine. Y nunca quiso ella que le invitara golosinas.

Hasta que un día, en medio del patuque, le dije que la quería. 
Y fueron más calientes sus besos que el caramelo que se derretía.


por David Cerqueiro R.



Publicado en el diario El Universal el 13 de febrero de 2012: http://www.eluniversal.com/opinion/120213/caramelo

lunes, 19 de diciembre de 2011

Captura


Normalmente a Maykel Manuel no le importa atracar a nadie donde sea, a la hora que sea. Pero esa mañana algo extraño ocurría que lo mantuvo muy pensativo sobre su usual actividad delictiva. 

Como de costumbre lo importante era mantenerse en movimiento, no mirar a nadie fijamente a los ojos y siempre con las manos abajo. Evitar movimientos bruscos y estar siempre alerta a todos los detalles. Porque nunca se sabe cuando es que aparece la oportunidad para “entrompar”. 

La ciudad estaba calurosa y húmeda y el gentío estaba particularmente alborotado ese día. La basura de hace una semana se arrumbaba en las aceras de concreto roto, y el olor de esta se colaba hasta los mostradores de los comercios vecinos, a quienes parecía no importarle mucho. 

A Maykel nada lo distraía cuando salía a trabajar. Ni el intolerable ruido de los carros, ni el calor, ni la basura. Más bien todo esto lo ayudaba a enfocarse en su tarea. Después de todo lo único que conocía Maykel era la calle. 

Por fin apareció uno. Un carajito catirito con cara de sifrino, con una cámara de fotos de esas grandes que le colgaba del cuello. ¡Semejante pendejo! Con esa camarota tan boleta, lo que está es rogando que lo robe. -Pensaba Maykel-. 

El ingenuo fotógrafo observaba con curiosidad los detalles de la arruinada pero valiosa arquitectura del centro histórico de la ciudad. Se detenía evidente en algunas esquinas y fotografiaba cosas aparentemente sin interés alguno. Era obvio que no era de la zona y que no conocía el riesgo al que se exponía. 

¿Qué estará foteando la bruja esta? – reflexionaba Maykel- Ahora sí no lo perdono. 

Con la agilidad y la ligereza de un gato, cruzó Maykel la congestionada calle y siempre dentro del punto ciego de la retaguardia de su víctima. Mientras más lo observaba, a Maykel le intrigaba lo fácil que parecía ser aquella oportunidad, pero más aún, le comenzaba a intrigar lo que hacía aquel imprudente fotógrafo. ¿Qué sería lo que tanto le interesaba? ¿Cómo es posible que se exponga de esa manera, en una zona tan peligrosa, solo por tomar fotos de un contenedor de basura? ¿Será que se está burlando de mí? – Seguía reflexionando Maykel-. 

Al doblar en una de las empinadas esquinas, fue que Maykel escogió el momento de enfrentar a la inevitable presa. ¡Dame la cámara o te mato ya mismo! –Amenazó intimidante Maykel, mientras se levantaba la franela y dejaba ver la cacha de una pistola dentro de sus pantalones dos tallas más grande-. 

El fotógrafo aterrorizado, se quitó la cámara que le colgaba del cuello y se la entregó temblando. ¡Y dame la cartera también! – Remató Maykel. 

El pobre fotógrafo no tenía palabras y no supo sino obedecer a aquel despojo sistematizado. 

¿Y qué es lo que estás fotoeando tú por aquí payaso? – Preguntó Maykel altanero. Algo que nunca hacía con sus víctimas. 

El fotógrafo confuso no respondía y solo pudo hablar cuando Maykel le mostró insistente la cacha de su arma. 

Son para una exhibición de fotografía. –Respondió temeroso el fotógrafo-. 

¿Y que vas a exhibí tú, si aquí lo que hay es mierda?- Dialogó extrañamente Maykel-. 

Hago un trabajo sobre fotografía urbana. Y esta zona tiene mucho contenido visual. Si en algún lugar hay para hacer fotos buenas del tema, es aquí. – Completó el fotógrafo-. 

Maykel pausó por un momento. Se aseguró paranóico que nadie los veía y le preguntó al fotógrafo: No es que a mí me importe un carajo lo que tú hagas, pero ¿si yo quisiera hacé fotos yo mismo, cómo es que hay que hacé? 

El fotógrafo controló el miedo que tenía, respiro hondo y ya un poco más compuesto explicó tímido: Las cosas del día a día, son las más valiosas para fotografiar, porque en ellas está la historia de la gente, el paso del tiempo y sus circunstancias. Un camión viejo, por ejemplo, si lo ves con detenimiento, te das cuenta de toda la historia que tiene consigo. Eso es lo que yo trato de capturar. Si tú quieres, puedes hacerlo también. 

Maykel retrocedió desconfiado cuando escuchó al fotógrafo hablar de esa manera. Volvió a chequear si alguien los observaba y se movía nervioso. Era evidente que Maykel quería seguir hablando sobre eso de la historia de las cosas y de capturar a no sé quién. 

El fotógrafo al reconocer esto continuó: Escúchame, vamos hacer lo siguiente: Yo te regalo esa cámara para que tomes tú fotos, si así lo quieres. Te prometo que no le diré a nadie lo que pasó. 

Bueno esta cámara es mía ya. A mí tú no me estás regalando nada – Replicó defensivo Maykel-. El fotógrafo permaneció en silencio. Maykel titubeó por unos instantes y de repente le tiró la cartera que la había quitado al fotógrafo contra el pecho. 

No vuelvas a vení por aquí así, que otro viene y te mata por menos de esto – Agregó antes de salir corriendo-. 

Horas más tardes, se encontraba Maykel lejos del centro sentado en el banco de un centro comercial. Pensaba sobre lo que había dicho aquel fotógrafo de las cosas del día a día. Le impresionaba que alguien pudiera interesarle de esa manera la sucia calle. Observaba la cámara que le habían “regalado” y meditaba sobre su vida. Imaginaba cómo podía él ser un fotógrafo famoso, rodeado de modelos y saliendo en revistas populares. “Maykel captura el día a día como nadie” -Imaginaba de titular de una revista sobre una foto suya-. 

La tarde caía y el calor comenzaba a menguar. El pululante tráfico ya disminuía su perenne escándalo y la calma se asomaba paulatina por la ciudad. 

Maykel pensó que aquel fotógrafo era buena gente después de todo y pensó que no todos merecen ser robados violentamente. Que tal vez la culpa no sea de la gente como él y que tal vez se podía hacer otra cosa. Algo nuevo. Aunque Maykel no estaba seguro de qué. 

En ese instante, venía caminando hacia él una hermosa chica hablando por su teléfono móvil y contoneando su bella figura. Tenía aspecto de extranjera y su cabellera era de amplios bucles rubios. Una princesa imposible pensó Maykel. Mientras más se acercaba ella, más la detallaba Maykel y más bella aparecía. 

La hermosa chica conversaba agitada con el que parecía ser su novio. Y al pasar indiferente frente al banco de Maykel recalcaba ella dentro de su conversación telefónica: Ay menos mal que le regalaste la camarucha al mono ese. No puedo creer que se haya creído ese cuento de hacer fotos él mismo. Eres un genio amor -Y siguió caminando ella por donde venía-. 

Maykel se levantó silencioso y dejó la cámara en la basurera que estaba cerca al banco mientras se iba a su casa. 

Porque mañana había que trabajar. 



por David Cerqueiro R. 


Publicado en el diario El Universal el día 26 de diciembre de 2011: http://www.eluniversal.com/opinion/111226/captura

domingo, 27 de noviembre de 2011

Quemado


El papel, como la luz, es blanco porque todo lo contiene.

Las letras que con él se acuestan, lo fragmentan y lo interrumpen para cambiarlo para siempre. Y las palabras que inevitablemente arrumba con el tiempo, lo manchan de caminos chuecos a lugares que existen en otra parte.

Al papel blanco nadie lo soporta porque, como con la luz, tanta verdad encandila. Por eso lo marcan y lo hieren, con tinta indeleble o con teclas cobardes que ni lo rozan, para difuminar la atorrancia de su bestial franqueza. 

También es, como la luz, más rápido que nada. Si tratan de alcanzarlo verán que cuando van, él ya vino calladito para verlos partir. Y el papel no se acumula, como la luz también. Solo redunda sobre sí mismo porque su blanco ya blanco es.

Por eso hay que tener cojones para mirar de frente al papel y, aun sabiendo perfectamente que no tenemos la razón, cercenarlo para siempre con un texto. 

Así como hay que tenerlos para abrir los ojos frente al sol y dejar que nos queme las retinas.


por David Cerqueiro R.

Publicado en el diario El Universal el 5 de Diciembre de 2011: http://www.eluniversal.com/opinion/111205/quemado

miércoles, 19 de octubre de 2011

La resaca de los astros

Curtido de tinta, licor barato y tabaco, en un sótano oscuro de la capital, continuaba Jorge con los plomos de la impresión del pasquín más popular de la prensa de aquellos años.

Sus compañeros preparaban silenciosos los últimos espacios de la columna del horóscopo de la madrugada del domingo, la cual, por cuestiones del azar de aquella mugrosa imprenta, sería de mala suerte para los Capricornio y beneficioso para las cuestiones amorosas de los Géminis.

Los linotipos comenzaban a girar y ya las letras finales estaban aseguradas. Y otra tacita de peltre llena de aguardiente celebraba el fin del arduo trabajo. El amanecer se asomaba y los pajaritos comenzaban a trinar tímidos, en la ciudad que lo había recibido indiferente hacía unos pocos meses. La radio tocaba, con su mala señal, un ritmo de su tierra que aunque se ahogaba entre los ruidos mecánicos de los linotipos, él podía reconocer.

Los designios de los astros se apilaban cada vez más sobre una vieja caja de ron recortada, que servía de contenedor improvisado. El olor a grasa y plomo de la anticuada maquinaria se confundía con el dulce olor a pan recién horneado de la panadería de la esquina, que ya estaba a punto de abrir.

El trabajo aunque era duro, era apasionante. Las líneas de todos los días a veces hablaban de cosas grandes, a veces de cosas pequeñas, pero siempre hablaban de algo nuevo; de algo que aprender. Pero no había tiempo de leer, puesto que había trabajo por hacer y mucho que lograr en poco tiempo, cuando se es extranjero y padre de una familia de cuatro.

A pesar de conocer muy bien cómo se fabricaban de manera artificial las ideas y opiniones que salían de aquel viejo linotipo, y de ser él mismo protagonista de los descarados ajustes que a veces sufrían en pro del espacio del papel, no pudo evitar alargar la mano y leer bajo Virgo, su signo, una frase que sentenciaba: “Hoy es un gran día para ver las cosas con claridad y cambiar el rumbo de tu vida…”.

Esto inquietó a Jorge por un momento. Auque él sabía que de cualquier forma, y a pesar de ser apenas las cinco de la mañana, ya era demasiado tarde para alguien como él pretender alcanzar algún tipo de lucidez. 

Así lo dijeran los astros. 


por David Cerqueiro R.


Publicado en el diario El Universal el día 24 de octubre de 2011: http://www.eluniversal.com/opinion/111024/la-resaca-de-los-astros