jueves, 26 de diciembre de 2013

El laberinto de los monos

En un laberinto deambulan miles de monos. Y al codo de cada esquina aparece de golpe su intriga burlona; su brinco nervioso. Sin razón alguna. 

Los monos, que fácilmente superan las paredes del laberinto trepándolas, eligen extrañamente permanecer dentro de sus pasillos confusos; hacinados unos sobre otros en un enjambre de colas, chillidos y pedazos de fruta.

Escapar, por fácil que parezca, no les interesa. 

Cuando uno entra al laberinto, los monos notan enseguida nuestra presencia. Aunque no se inmutan, es evidente que reconocen que uno, ahora, es cómplice de su tonto enredo. 

Y es a raíz de este peculiar intercambio entre nosotros, que algunos de ellos, disimuladamente, comienzan a andar erguidos. Y uno mismo, casi queriendo, a extraviarse entre su confusa cobardía. 

por David Cerqueiro R.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Una dura reflexión

Venezuela, tristemente, parece estar condenada a desaparecer.

Si nos detenemos a estudiar las estadísticas mundiales sobre el bienestar de la humanidad en líneas generales, es evidente que es solo cuestión de tiempo para que el mundo, al seguir su curso evolutivo, se purgue naturalmente de una sociedad como la nuestra. Desacostumbrada a la real competitividad, a la productividad responsable y a la noción elemental de sociedad, de comunidad. Esta última, noción fundamental para construir cualquier cosa que dure y que valga la pena.

La antigua maldición de las castas coloniales europeas se enraizó muy hondo en este país desde su comienzo. Sus complejos de razas, sus valores falsos fundamentados en mitos absurdos de hace más de quinientos años, no se han sino exacerbado con el paso del tiempo. Y su destructiva estructura divisora y excluyente aún permanece. Incluso pareciera hacerse más fuerte.

La modernidad, la industrialización, el petróleo, el mercado y el estilo de vida global actual, donde el dinero finalmente reemplazó las ideologías y las religiones, no han hecho más que empeorar lo que ya era una ecuación social y política muy complicada.

Debido a que nunca poseímos una identidad, es decir, un esquema mental de quiénes somos, qué significa ser venezolano, qué valor tiene, qué rol nos da ante el mundo y hacia dónde nos puede llevar; nuestro crecimiento ha sido un disparatado ensayo deforme, sin norte y sin fondo.

Cuando aquí resonaban las ideas sociales y económicas de los “primeros mundos”, ideas supuestamente pensadas para el desarrollo integral de las sociedades, las traducíamos como podíamos, de manera incompleta y superficial en el mejor de los casos, sin entender realmente de qué trataban. Los pocos intentos que tuvimos de fórmulas propias, hechas en casa, para crecer a nuestra manera, los destruimos nosotros mismos porque creíamos poder hacerlo mejor que el otro. Aunque nunca lo hicimos. Deshacíamos y abandonábamos el trabajo de los demás, incluso el más mínimo progreso, para empezar orgullosamente desde cero. Arrastrados por el ego, que es el producto natural de la falta de entendimiento.

Así, se nos fue el siglo XX en el enamoramiento estúpido e infantil de la riqueza petrolera, que al comienzo de su fiebre, nos colocó en el mostrador del mundo como una promesa del nuevo crecimiento. Mientras desde afuera nos envidiaban las riquezas que la naturaleza nos prestó, adentro acabábamos con todo lo bueno, con todo lo decente que podíamos haber construido para derraparnos en los placeres más banales y en el ocio más denigrante.

A todas estas, nuestra identidad, ese esqueleto tan básico para poder existir de manera sustentable, seguía sin definirse, sin sentar alguna base, por tímida que fuera. Entonces tratamos de sanar nuestra propia confusión con espejismos distorsionados de lo que nos salpicaba de afuera. Los manierismos y las palabras del inglés mal hablado que le remedábamos a los explotadores gringos de nuestro petróleo; las modas viejas de Europa que nos revendían como las últimas; sus chucherías y armatostes innecesarios que fabricaban con estándares de calidad mucho más bajos que los de su lugar de origen, porque como decían ellos “allá a quién le va a importar”. Y nosotros no solo absorbimos todo eso, sino que también lo agradecimos. Y aún lo hacemos.

De este modo, después de más de cien años de una increíble supervivencia en medio del desorden y la sumisa dependencia cultural y económica de otras latitudes, aún fallamos gravemente en entender que no se trata del dinero fácil, ni de la ropa de marca, ni de los carros, ni las casas, ni las vacaciones, ni de los símbolos de estatus que tanto perseguimos. Pareciera que no ha habido tiempo para educarnos sobre algo tan elemental. 

No obstante, aún en este nuevo siglo, donde nos acercamos con una velocidad abrumadora al punto crítico de nuestra supervivencia como especie; donde los recursos globales siguen siendo explotados y distribuidos bajo criterios malignos, que no tienen ningún sentido y cuya curva de desarrollo no apunta sino a la catástrofe inminente; aún hoy, así parezca increíble, en Venezuela nos rehusamos a reaccionar.

En los últimos años le hemos asignado la responsabilidad de todo esto a la política. Pues no conocemos otro responsable público a quién señalar. No reconocemos otro causante de nuestra realidad que la lucha por el poder que tanto nos televisan, que tanto nos envenena y que tanto se contradice. Y el fuego de esa propaganda que nos idiotiza, es avivado por los abanicos de los grandes poderes mundiales en complicidad con nosotros mismos. Porque ellos saben que ese es el mecanismo necesario, para mantenernos comprando, para mantenernos peleando, discutiendo aspectos de forma y no de fondo, para que juguemos el juego estéril de los bandos de izquierda y derecha. Para mantenernos en la oscuridad.

Si bien el panorama político mundial ha cambiado drásticamente en los últimos años con eventos sorprendentes como los del mundo árabe; como el fortalecimiento del bloque económico europeo; o la apertura lenta pero crucial de China; o el despertar de las llamadas economías emergentes; o nuestro caso venezolano tan amado y tan odiado, pero que indudablemente despertó un feroz debate sobre el futuro de la América Latina... a pesar de todo esto, la política sigue siendo, como ya lo era incluso en la época de los griegos, el espejo más falso de todos. Porque ahí tampoco está la respuesta.

Pero en nuestro patio sigue saliendo petróleo a borbotones. Y lo seguimos vendiendo. Y nos lo siguen comprando. 

Y con ese dinero fácil, construimos nuestros sueños individuales sin mirar para los lados. Parapeteamos nuestra imagen con ropa importada, con estilos de vida calcados, con una actitud ante la vida imitada que no terminan de ser. Nos escapamos a diario por el aeropuerto, por la playa, por el alcohol, por el sexo y la deshumanización cruel de nuestras mujeres. Nos reímos de todo para no estallar y nos enorgullecemos de eso. Nos burlamos de los demás y de nosotros mismos por pretender algo más que las circunstancias actuales, porque aspirar a más, de tanto miedo, nos da risa. 

En fin, damos vueltas todos los días en un horrendo carrusel interminable, sin luces ni adornos, violento, oscuro e ignorante, con tal de no detenernos, poner los pies en el suelo y preguntarnos con sobriedad y con cojones: ¿quiénes somos y qué estamos haciendo?



por David Cerqueiro R.

jueves, 12 de diciembre de 2013

En Caracas

Mil carros en cardumen. Olor de lluvia y humo negro de gandola. Frío raro de aire acondicionado, reflejos de velocidad electrónica, sonrisa cínica de elecciones, grutas de pavimento, caos adoptado, orden natural en reino.

Puentes de hierro, enjambre de motorizados, mujeres culonas, fritura de acera, restaurante lujoso, raído y blindado. Teléfonos inteligentes, barrigas indisimuladas, tacones de aguja, alcantarillas malogradas, chiste rápido y agudo, que después de un rato, pone a pensar. 

Sabor a historia contemporánea, a frustación intermitente, a gozo de lo ordinario. 
Urbanidad derrocada por la jungla, por la falda del cerro, por castas jamás superadas. 

Y sol que insiste y siempre gana. Como la risa perfecta, que se consigue en Caracas. 


por David Cerqueiro R.

sábado, 10 de agosto de 2013

La fiesta del colegio

Hacía más de una hora que Carlitos veía las noticias en el televisor de la sala de su casa y apenas eran las seis de la mañana del viernes. Para esa hora ya Carlitos se había bañado, vestido y perfumado con algo de colonia que le había robado a su hermano.

Sobre el sofá, a su lado, Carlitos resguardaba una caja mediana envuelta en papel de regalo que él mismo había armado torpemente. Era el cumpleaños de Eduardo, un compañero de clases muy popular en su colegio. Para Carlitos, quien comenzó a asistir a aquel colegio hacía apenas unos meses, esta fiesta era la oportunidad perfecta para hacer amigos. Algo que cada vez era más difícil para él, quien aunque apenas tenía 7 años, ya había cambiado de colegio cinco veces.

Durante los recreos del colegio, Eduardo procuraba siempre adelantar algo de información sobre los preparativos de su fiesta de cumpleaños. Según le contaba entusiasmado a sus amigos, su papá había prometido organizarle, ahí mismo en el colegio, la fiesta de cumpleaños más increíble jamás vista, la cual contaría con una espectacular piñata repleta de juguetes importados y de chucherías de las que normalmente no se le meten a una piñata.

También prometía un castillo-laberinto inflable que, según comentaban los otros, era un castillo-laberinto para eventos masivos y que esta sería la primera vez que sería instalado para una fiesta de cumpleaños privada. Aparentemente el papá de Eduardo era un señor muy rico y, aunque casi nunca estaba en su casa, quería mucho a su hijo para organizar tal evento en los terrenos del colegio.

Carlitos escuchaba desde lejos sobre los fascinantes preparativos de aquella superfiesta, puesto que el grupo de amigos de Eduardo era muy cerrado y Carlitos, por su condición de “nuevo”, no era incluido en aquel selecto club donde todos se conocían desde los años de la guardería.

Sin embargo, durante el recreo del jueves, Eduardo se acercó escoltado por tres de sus amigos para invitar a Carlitos a su fiesta. Eduardo solo dijo: -“Mañana es la fiesta. No te olvides.”- antes de salir corriendo. Carlitos no lo podía creer.

Al llegar a su casa, sintió un poco de angustia puesto que ya eran las cuatro de la tarde y no tenía ningún regalo para Eduardo. Sus padres siempre llegaban del trabajo muy tarde en la noche, y la señora de servicio, que lo cuidaba por las tardes, no estaba preparada para ese tipo de emergencias.

Carlitos, quien era un cuidadoso coleccionador de muñecos de acción, no le quedó otra que tomar uno de sus preciados muñecos y envolverlo para regalárselo a Eduardo. Aquellos muñecos eran los únicos que acompañaban a Carlitos entre las cajas de las incesantes mudanzas; o durante las noches en que su papá y su mamá llegaban demasiado tarde. Cada uno de esos muñecos, era un trofeo dorado invaluable. Pero Carlitos no pretendía aparecerse en aquella fiesta con las manos vacías.

Las noticias del televisor resumían su edición de la mañana. La mamá de Carlitos se arreglaba para llevarlo puntual a la fiesta del colegio -“Porque sino se va a acabar el mundo”- remedaba ella malhumorada. -"¿Seguro que puedes ir al colegio sin uniforme?"- preguntaba inspeccionando la situación. A Carlitos le enfurecía que a estas alturas comenzara con ese tipo de preguntas. -"¿Cómo se le ocurre que vamos hacer una fiesta en uniforme escolar? Además Eduardo fue muy claro cuando lo explicó todo"- pensaba. Los padres nunca entienden nada y eso Carlitos lo sabía de sobra.

Aquella mañana había despertado bajo una agresiva lluvia y, a pesar de los esfuerzos de Carlitos, el imposible tráfico de la ciudad lo obligó a llegar quince minutos tarde. El papel de regalo comenzaba a deshacerse por algunas gotas de lluvia que le caían, aunque Carlitos hábilmente lo protegía bajo su chaqueta. Aunque habría clases esa mañana antes del fiestón, pensaba que por ser un día especial, la maestra seguramente permitiría retrasos leves como el suyo. 

Habría clases, sí. Pero ese no sería un día para cuadernos, o pizarrones, o chillidos de tiza. Sería un día de fiesta, de risas, de castillo-laberinto inflable interminable, de nuevos amigos, de la cara de sorpresa de Eduardo cuando reciba su regalo.

Todo eso hubiera sido, sino fuera por el ejercito de niños uniformados y atentos que Carlitos se encontró al entrar al salón de clases. O por la maestra que lo interrogaba a gritos frente a todos por su retraso y por su vestimenta. O por las risas disimuladas y burlonas de Eduardo y sus amigos en la parte de atrás del salón.



por David Cerqueiro R.

miércoles, 24 de julio de 2013

La vida

Si trabajas toda tu vida conforme con lo que tienes, pasas por pendejo.
Si tratas de enriquecerte por el camino fácil, pasas por parásito.
Si rompes la ley, eres un criminal.
Si protestas, un desestabilizador.
Si cumples las normas y apoyas a la autoridad, eres cómplice.

Si tienes mucha moral, eres un pacato.
Si no tienes moral, eres un depravado.

Si dices la verdad, pasas por pendejo otra vez.
Si mientes, por deshonesto.

Si no trabajas, eres un holgazán.
Si trabajas mucho, un pesetero materialista.

Si te importan los demás eres un comunista.
Si te preocupas más por ti mismo, un cruel capitalista.

Si te suicidas eres un cobarde. Si vives muchos años, es que no has cumplido aún tu misión en la vida.
Si ganas, eres parte de una élite de afortunados y no tienes derecho a quejarte por nada.
Si pierdes, tampoco puedes quejarte.

Porque así es la vida.



por David Cerqueiro R.

martes, 9 de julio de 2013

La travesía

En una montaña de roca y nieve, recorría el borde de una peligrosa y estrecha travesía que daba a un abismo de niebla. El trayecto era forzoso, ladeado y parecía durar para siempre. No tenía ningún tipo de herramienta y muchas veces no sabía ni de qué agarrarme. Cada paso que daba era planificado con sumo cuidado y pensaba que en cualquier momento caería para siempre. A veces, incluso, no había camino que pisar y con el borde del pie hacía ángulo contra la pared de la montaña a modo de peldaño, y con los dedos congelados me aferraba a cualquier relieve de la roca. Y así continuábamos.

A veces escuchaba la voz de un guía que iba más adelante y que gritaba instrucciones incomprensibles. Otras veces, sin saber por qué, me encontraba solo. Sorprendentemente, a pesar del miedo y la confusión, seguí adelante.

De pronto, después de no sé cuánto tiempo, caímos en agua. Una especie de charco hondo que me daba por las rodillas. Tratando de arrastrar los pies sobre el fondo espeso, levanté la mirada y vi que me encontraba en una playa. El día era soleado, la arena blanca. Habíamos llegado a una especie de gruta que se escondía bajo la sombra. El fin de la montaña.

Incrédulo me volteé y vi a lo lejos la imponente cordillera que perfectamente conectaba con esta costa maravillosa que ahora nos recibía. El aire frío comenzaba a mezclarse con el salitre cálido del mar. La gente brillaba despreocupada y sonriente me invitaba a tomar un lugar en lo que parecían interminables kilómetros de amable orilla.

Me costó mucho creerlo, pero finalmente entendí que había superado aquella travesía infernal. Aunque nunca supe por qué, siquiera, un día decidí emprenderla.


por David Cerqueiro R.

martes, 18 de junio de 2013

El concierto de los cinco

El diputado Ramírez cumplía sesenta años y era la primera vez que la pastelería de toda la vida no tenía tortas disponibles por falta de ingredientes. Así, en compañía de su mujer y uno de su cuatro hijos, Ramírez sopló resignado las velas de una torta de repuesto.

A la mañana siguiente hubo sesión de diputados en el congreso. Ramírez estaba pautado para presentar un proyecto de reforma de leyes, el cual había sido manoseado y discutido en los últimos nueve meses por los demás diputados de su partido. La reforma no solo representaba un jugoso negocio para todos los que en ella participaban, sino que además esta concedía, a través de una manipulación muy hábil, el control total de la industria principal de la nación a despiadadas empresas extranjeras. 

Algunos de sus compañeros diputados, durante sus reuniones nocturnas, se referían al proyecto como “el gran retiro” porque muchos anhelaban retirarse a una vida de lujos y excesos después de cerrar el magno negocio. A tal punto, que en un burdel de lujo de la ciudad ofrecían, y solo a cierta clientela exclusiva, un exquisito cóctel a base de crema irlandesa que llevaba el mismo nombre del proyecto de reforma.

Esa mañana de sesión Ramírez se encontraba muy callado, aunque vestía un elegantísimo traje nuevo italiano y unas flamantes yuntas de oro, que fueron regalo de su padre cuando Ramírez se graduó de economista de la prestigiosa universidad pública del país. Su padre había sido un simple pescadero quien después de trabajar por más de setenta años, había muerto con Alzheimer. Durante sus últimos días ya ni reconocía a su único hijo. 

Al tomar el podio del congreso nacional, Ramírez lucía muy serio. Con un gesto casi imperceptible, hizo una señal a unos ayudantes tras bastidores quienes repentinamente aparecieron con un enorme piano de cola sobre ruedas, el cual estacionaron con mucho cuidado frente al podio y a la vista de todos. 

Los diputados comenzaban a murmurar entre ellos, la dirigencia del congreso no se atrevía a interrumpir a Ramírez, por ser considerado por todos un honorabilísimo e intachable legislador.

Lentamente, Ramírez se sentó en el piano y tocó un par de teclas suavemente, las cuales silenciaron de súbito a todos los presentes. El congreso se había convertido en una inesperada sala de conciertos.

Después de una firme pausa, Ramírez comenzó a interpretar una melancólica suite de Bach con un virtuosismo asombroso. Nadie conocía estos dotes del diputado Ramírez y nunca nadie escuchó siquiera sobre su posible interés por la música. Y mucho menos a aquel nivel.

Ramírez continuó con aquel recital conmovedor que parecía un espectáculo angelical, mientras se paseaba entre piezas clásicas con un dominio y una gracia extraordinarios. 

Después de un poco más de media hora ininterrumpida, la música se detuvo. El hemiciclo del congreso estalló en un feroz aplauso de pie, los diputados de todos los partidos vitoreaban emocionados y una ola de euforia y nudos de garganta se apoderaba de todos. De pronto, Ramírez se levanto de su asiento y de los bolsillos de su chaqueta sacó unas sucias tijeras de jardinería y las levanto como si fueran una antorcha olímpica. 

La ovación comenzó a desaparecer y las sonrisas de los presentes comenzaron a transformarse en muecas de confusión. Cuando el silencio se había instaurado una vez más en aquel recinto increíble, Ramírez, quien parecía una especie de totem épico, vestido de traje y con aquellas incomprensibles tijeras alzadas en el aire, comenzó a enumerar en voz calmada: 

- Primero: de nada sirven las leyes si estas no garantizan el bienestar común.- Mientras con las tijeras se mutilaba el dedo pulgar de su mano izquierda. 

La gente comenzó a gritar horrorizada mientras Ramírez sangraba descontrolado sobre el piano y la primera fila de los presentes. Los guardias de seguridad del congreso no respondían ante el asombro de lo que sucedía y Ramírez, quien trataba de aguantar el dolor en medio del tumulto, continuó con la voz un poco temblorosa: 

- Segundo, nuestro trabajo no es para nosotros. Somos servidores del país y a él nos debemos.- Y con la misma decisión de antes, se cortó el dedo índice de la misma mano. 

Los congresistas no cabían en su asombro. Algunos llamaban nerviosos por sus teléfonos, se escuchaba el sonido de una ambulancia a lo lejos y Ramírez, tembloroso y pálido, trataba de continuar hasta que su cuerpo desmayado se desplomó en el suelo. 

La hemorragia en su mano era muy avanzada y aquel espectáculo mórbido era, de todos modos, ya demasiado. Sobre Ramírez se abalanzó un grupo de gente para auxiliarlo, los llantos y los gritos de espanto acaparaban todo y la sesión del día del congreso fue pospuesta por razones obvias. 

Meses después de arduas investigaciones sobre el trasfondo del caso de Ramírez, se destaparon oscurísimos casos de corrupción en el congreso. Debido a esto, una ola de esperanza y justicia se esparció entre la opinión pública y ahora el poder legislativo se enfrentaba a un estricto referéndum de reforma, el cual fue exigido por la gente que comenzaba hablar en la calle de un nuevo país. 

Sin embargo, de Ramírez, misteriosamente nunca más se supo. Algunos decían que se había exiliado en el anonimato como profesor de música en una escuela primaria del interior. Fue años después, cuando lo encontraron muerto en el chinchorro de un caserón, que se supo de su paradero. 

Aquella fatídica tarde, consiguieron sobre el cuerpo anciano de Ramírez un viejo periódico comunitario, de esos que nadie lee, que reseñaba un breve artículo sobre su antigua hazaña en el congreso. El artículo, escrito por un tal Dr. Avellaneda, un profesor de ciencias políticas de poca monta, analizaba la situación del país y señalaba a Ramírez como un héroe que había despertado la conciencia de la gente entre otras alabanzas un poco exageradas. 

Pero lo más curioso de todo fue que el artículo de prensa estaba tachado con tinta, y la peculiar nota al pie de página, con la letra temblorosa de Ramírez, que decía: "para un concierto hacen falta cinco".


por David Cerqueiro R.

sábado, 8 de junio de 2013

El parque desquiciado

Hay un parque donde se reúnen los locos, los vagabundos, los drogadictos y los perdidos. Pasan los días ahí, tranquilos, sentados en unas sillas plegables regaladas por el estado que les dan una cínica aura veraniega.

A los locos cada vez se les siente más civilizados, amansados por la generosidad de la ciudad que les cedió una parte del parque como su territorio. La gente del vecindario, acostumbrada a la presencia de estos descarriados, ya ni voltea a verlos. Los han asumido como parte de la ciudad. Los niños ya no les tienen miedo, a pesar de sus sucios atuendos de trapos improvisados, cadenas y sombreros rotos. Tampoco a la policía se le ve ya mucho por el parque. 

La locura se ha ido diluyendo entre la poblada y suave grama, el trinar de los pajaritos y el amplio espacio propio. Las miradas de los locos se notan tranquilas, aunque un poco apagadas, y sus movimientos nerviosos han ido transformándose poco a poco en un relajado y suave caminar.

Hasta que un día caluroso alguien, no se sabe exactamente quién ni por qué, les regaló a los locos un viejo frisbee, y del mismo modo al parque, la gloria de su antiguo desquicio.


por David Cerqueiro R.

jueves, 30 de mayo de 2013

Tres corazones

No seas pulpo, sé mujer.

Y no es que me importen tus babosas ventosas, o tus tentáculos de molusco, o tus tres rarísimos corazones. Sé que alguna razón debes tener para semejante faceta octópoda.

Por mí puedes retorcerte, ensancharte o en un relámpago de tinta desaparecer. Puedes incluso sumergirte hasta lo más hondo y regresar salada décadas después. Todo eso es asunto tuyo.


Pero ten cuidado. No vaya a ser que un día te canses de esa vida y el mar salvaje, por jugar con sus corazones, te impida volver a ser mujer.


por David Cerqueiro R.

lunes, 27 de mayo de 2013

Esto no es café

Hago café pero no huele a nada. Le echo más café que agua a la cafetera, que cuela y borbota generosa, pero no huele a nada. No se impregna el aire de ese aroma especial que regala el gran café.

Hago y hago más. Me tomo dos, tres, cinco tazas. Oscuras, cargadas del mejor café que por aquí se consigue. Meto la cara en el empaque del café gourmet, etíope, garantizado como el más puro. Me da taquicardia, pues estoy tomando ya demasiado. Pero sin embargo, no huele a café.

Pareciera que hubiesen preparado más bien un triste té o alguna infusión medicinal de esas de vieja. Pero jamás café, porque no huele.

¿De qué sirve colar y tomar si el preámbulo sagrado del aroma, que es el que invita, el que promete que por ahí viene el momento de disfrutar un buen café, no está? Es como una mujer que se entrega pero no sonríe, que satisface pero a los pocos días es olvidada. Es como pelear sin rabia. Como cantar cansado. Como botar una planta que acabamos de regar. Una aberración de la sensatez.

Como esto que me vendieron. Que no sé que será, pero café no es.


por David Cerqueiro

martes, 21 de mayo de 2013

Treinta caballos

Atender significa sostener firmemente, como por el mango, la impredecible realidad que a diario nos encara. Porque es en la atención donde se cuaja el concreto de la realidad. La realidad maciza, la que duele, la que anochece, la que cobra la renta, la que causa la guerra, la fiesta, el amor y la envidia.

Controlar la atención propia es tan difícil como amansar al mismo tiempo a treinta caballos salvajes. Pero vale la pena intentarlo. Y es cuando la atención se pone mansita, después de batallarla, que uno comienza a reconocer sus señales.

Uno lo sabe, cuando en la calle la gente lo mira a uno sin ningún motivo aparente. Cuando los perros abruptamente dejan de ladrar al cruzarnos. Cuando el agua callejera que nos salpica, sospechosamente no nos mancha. Cuando silbamos frente a los extraños y los hacemos tararear.

Pero la señal más clara y contundente es cuando los caballos ya no corcovean diabólicos, sino que uniformes galopan en un sereno y extrañísimo relinchar. 


por David Cerqueiro R.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Perros y llamas

Sobre una colina suiza, en un corral de palo y alambre, estaban juntos perros y llamas.

Los perros eran igual de lanudos que las llamas y todos compartían una extraña uniformidad ocre que los hacía familia. El perro más feroz ladraba afónico hacia el abismo, solo y adelante, como discutiéndole algo al vacío. La niebla, que los envolvía suavemente, flotaba sobre la luz dorada del atardecer que parecía bordar con fuego las lanas de aquel grupo casi mitológico.

Mientras la gente del bus conversaba o navegaba dentro de sus teléfonos, aquella escena perfecta fue desapareciendo a medida que terminábamos la curva. La cálida luz se interrumpió por la sombra natural del otro lado de la colina y por su frío repentino.

Y se acabaron así los ladridos. Y de las llamas, su elegante indiferencia.


por David Cerqueiro R.