Soñé con serpientes. Todas del color del oscuro césped que pisábamos descalzos e inocentes de su peligrosa presencia.
Alerté a todos de su existencia. Las señalé con el dedo, incluso las levanté por sus cabezas y mostré sus largos cuerpos babosos contonearse nerviosos. Pero todos estaban ciegos y solo reían y conversaban sobre sus cocteles de colores.
No recuerdo a nadie más. Solo a mí mismo levantar varias de ellas y arrojarlas lejos de la espesa grama húmeda que las escondía. Arrojé varias a través de una cerca que encerraba aquel jardín que, aunque no terminaba de reconocer, me resultaba muy familiar. Con algo de miedo, pero con firmeza, las arrojé afuera. Una a una.
Desperté preocupado, pero no por las serpientes. O por el miedo natural que estas causan. Sino por aquellos que se intoxicaron de distracción cuando llegó la hora de enfrentarlas y ahora permanecen encerrados en aquel jardín superfluo, sin conocer el antídoto.
Ella siempre sonreía. Tanto, que daba náuseas después de un rato. Después de la grasienta cena de platillos de carnes rojas, alcohol barato y azúcar refinada en salsas, postres y gaseosas, era momento de compartir un rato mientras se hacía la, casi imposible, digestión.
.-“?Quieren ver las fotos de la boda de Bernardita?”.- Preguntó ella animada, mientras se apoyaba de los brazos de su poltrona Luis XV como para levantarse. La ronca y seca voz de su recién estrenada nuera de 27 años fue tajante cuando la increpó diciendo: -“Nos las puedes enviar por e-mail. Así las vemos con calma en la casa”.- El espeso silencio entre todos en aquella salita reaparecía.
Esquivando la incomodidad de aquella forzada reunión amena, insistió ella: -“Bueno, parece que el cafecito va a estar listo ya. ¿Quién va a querer un poquito?”.- Su fiel esposo desde hace 35 años, Cirilo, levantó la mano tímido mientras veía de reojo a sus jóvenes invitados. Y la nuera remató nuevamente: -“Gracias, pero mejor no.La cafeína es altamente tóxica para el organismo. Además es un poco tarde para eso”.-
Ella caminó hasta la cocina como si no hubiese escuchado nada y vertió las mismas dos tazas de siempre de la vieja vajilla de seis. Cirilo, disfrutaba un merengue caraqueño en el plato de su picó y comentó espontáneo:- “Cuando yo era niño, en la Plaza Bolívar se armaban unas tómbolas buenísimas con esta música”.- En ese instante el agotado disco de vinilo comenzó a saltar y a interrumpir la música que emitía. Cirilo, apresurado acudió a arreglarlo mientras su nuera comentaba mientras revisaba su dispositivo móvil: .-“Eso es lo bueno de estos reproductores digitales. Nunca fallan”.- Cirilo soplaba la vieja aguja de su tocadiscos y los miraba un poco apenado y con disimulo por encima de su hombro.
Volvió ella de la cocina con una adorable bandejita de pastas secas en un platico de porcelana y algunos polvorones en otro. Mientras los colocaba entre los adornitos de la mesita del centro de aquel estar exclamó: -“Vamos muchachos, alégrense el paladar con estas delicias. Los hace el panadero de la esquina de abajo”.- El hijo alargaba la mano para tomar uno de los gordos polvorones mientras su esposa comentaba de nuevo: -“Uy suegra imagínese, me como uno de estos y me convierto en una vaca en dos días”.- Y sonreía plásticamente mientras empujaba el platico de porcelana lejos de ella.
.-“Bueno, ya es tarde y mañana hay trabajo. Ha sido una velada adorable”.- Sentenció autocráticamente la nuera. Su esposo aún tenía medio polvorón en la boca y su suegra aún revolvía el azúcar blanco en su taza de café negro aguado. Todos pausaron por un segundo y ella replicó ingenuamente:- “Pero si apenas son las ocho de la noche! Cónchale, no sean así quédense un ratico más!”.- Su hijo veía la hora en su carísimo reloj de pulsera traído de Suiza, como regalo de bodas de su propia esposa, quien insistió: -“Lo siento suegra, pero de verdad no podemos. Será para otro día”.- Mientras le entregaba la chaqueta a su esposo quien permanecía sentado.
La puerta de la casa se abrió para despedirlos. Al cruzar el jardincito de la entrada y llegar hasta la calle, la puerta se cerró nuevamente resignada. Caminaron silenciosos hasta su camioneta nueva. Ella hacia el puesto de piloto como de costumbre. Al activar el seguro automático de las puertas con el control de las llaves, repentinamente aparecieron tres sujetos con las cabezas cubiertas con medias pantys y uno de ellos le metió a ella el cañón de una pistola automática en la boca mientras le susurraba macabramente: -“Dame las llaves o hasta aquí llegaste”.- El esposo amedrentado de igual manera no pudo, tampoco, hacer nada al respecto y los sujetos abordaron su camioneta en segundos. Al tomar apenas el primer respiro, desde el suelo gritó ella en desesperación, mientras se palpaba el golpe con sangre que le habían atestado en la cabeza: -“¡Desgraciados! ¿Es que uno ya ni puede salir a visitar a su familia?”.- A lo que el delincuente que iba al volante llegó a responder mientras arrancaba a toda velocidad: -“Eso era antes mamita. Los tiempos cambian”.
El bigote ya le cubría la boca y de sus amigos solo uno soportaba, aún, aguantarle sus interminables monólogos sobre la estupidez de los demás.
Se había convertido en un monstruoso sociópata, que todo aniquilaba con solo dos o tres palabras de desprecio y que no respetaba a nadie, por considerarlo cobarde, pretencioso o ciegamente hipócrita en el más condescendiente de los casos.
Bebía y comía sin freno, y a cualquier hora, mientras despotricaba enérgicamente sobre lo ridículo del llamado calentamiento global, el engaño sistematizado del reciclaje y del cretinismo inmanente a todos aquellos que procuraban consumir alimentos orgánicos. ¡La vida misma es orgánica imbéciles! Vociferaba mientras se arrancaba un moco de una fosa nasal sin el menor pudor.
Encendía cigarrillos dentro de las casas de los demás, sin siquiera preguntar si le era permitido fumar y replicaba volátilmente a cualquier insinuación de cordura, por leve que fuese, con un fuerte recordatorio a la finitud del todo. Incluso de él mismo y sus modales. Conversaba de arte, de ciencias, filosofía y política con una pasión agresiva que terminaba por ahuyentar los fútiles intentos de conversa de cualquier “turista del pensamiento”, que se le ocurriese oponérsele a sus ideas.
Era un inaguantable primitivo con complejos existenciales hondos pero articulados. Su sagaz inteligencia y afilado lenguaje, intimidaban al más letrado sobre cualquier rama del pensamiento, y su altanero tono de voz, que invitaba constantemente al conflicto intelectual, fascinaba a las mujeres quienes, intrigadas, le deslizaban servilletas con sus números de teléfono por debajo de las mesas, sobre las que sus maridos defendían ingenuamente sus argumentos.
Todos parecían aborrecerlo, como amigo, como vecino e incluso como pariente, pero nadie negaba que resultaba ser un sujeto fascinante, que no poseía sentido de la vergüenza.
Y fue cuando se halló sentado en la camilla de emergencias del hospital más cercano, solo, esperando por el reporte de aquél neurólogo preocupado de 25 años, quien era el único disponible aquel domingo por la noche, que logró entender que no importaba cuán sólida fuese su opinión sobre las cosas, o cuán firme fuesen su retórica y sus convicciones, siempre quedaría una discusión pendiente para el final, la más silenciosa y severa de todas, que él nunca podría ganar.
Justo cuando creían que ya había alcanzado la iluminación, fue cuando entró a la habitación donde todos estaban, portando un aura distinta con un rostro absolutamente nuevo.
Se sentó en el brazo de unos de los sillones y miró a todos como por primera vez. Algunos aguantaban a duras penas la risa, aunque no por respeto o educación, sino para alargar aún más lo que sabían sería otra divertida escena de delirio de santidad.
Abrió la boca como para pronunciar algo, pero pausó para respirar un poco. Los ojos le brillaban de una forma extraña. Alguien tuvo la osadía de preguntarle de manera jocosa: - ¿Está la música muy alta?Si te molesta le podemos bajar.-
A lo que él respondió con una serenidad arrolladora: - La música y el silencio son en realidad lo mismo.Somos nosotros quienes escogemos cuál es cual.- Terminó aleccionador.-
Más risas se escondían detrás de los hombros de otros más hábiles para disfrazar la burla y uno de ellos se levantó y le dijo: - De seguro habrá alguna música que te desagradará. Como a todo el mundo…-
Con la gentileza con la que se enseña a un niño a levantarse después de sus primeros tropiezos, replicó: - Toda la música es igual, es solo cuestión de dejar de escucharla y convertirse en ella.-
El único en aquella sala que no entendía el chiste era él, pues era el único que no podía verlo desde afuera. Y lo pusieron a prueba: - ¿Te gusta esta música que suena por ejemplo?-
- Por supuesto.- replicó él. Sin titubear y con una ligera sonrisa en el rostro. La música paró y le tocaron otra muy distinta, de ritmos extraños y abstractos. Algode rasgos tribales africanos, deforme y sin melodía. Esperaron su respuesta hasta que por fin dijo él: - Diversa y fascinante como la expresión de la naturaleza.
Otro disco comenzó a girar y una atorrante música latina, del estilo más burdo y básico comenzó a percutir sus oídos. Todos arrugaban la cara en desagrado y él agregó ameno: - Oigo la vida pura, la espontaneidad y la energía de la alegría.
Todos comenzaban a levantar la ceja y ya nadie reía tanto. Comenzaban a creer que cada sonido podría ser absorbido por él, sin frenos, sin cuestión, sin juicio.
Repentinamente, una melodía familiar comenzó a sonar. Era uno de los temas del primer disco de Lady Gaga. El ambiente se relajó y todos decidieron dejarlo a él en paz por un rato y volver a sus tertulias y tragos. Si era verdad, o no, que había aprendido a desapegarse del juicio y a percibir directamente, era después de todo, asunto suyo.
Con una palmada amigable en la espalda lo despidieron de su inquisidora broma mientras le entregaban un trago de ron con limón. Él se levantó sereno, se acercó al stereo y presionó el botón de stop. Todos volvieron automáticamente la mirada hacia él, quien recalcó con su característica serenidad: .- Yo estaré iluminado pero no soy sordo. .- Mientras arrojaba el disco por la ventana de la cocina que daba hacia aquella sala de incrédulos con mal gusto.
Hacía frío y no deseaba hacerse responsable del desastre que había quedado de la noche anterior. No había reloj para despertar, ni luz por la ventana que irrumpiera, ni motivo alguno que cruzara su cabeza que lo motivara a cambiar el estado de hibernación en el que se encontraba. Desde hacía ya varios meses.
Su teléfono móvil repetía un chillido intransigente que recordaba un mensaje recibido. Nadie solía llamarle o escribirle, así que nadie podía esperar por ahora. Todo en la nevera estaba vencido hacía semanas y raras pelusas comenzaban a formarse espontáneamente en los rincones de su ducha.
Finalmente un pequeño y agudo dolor de estómago, producto del hambre que resulta al pasar más de 16 horas sin comer, lo obligó a levantarse.
El oxígeno escaseaba en su frente y el balance le flaqueó por un instante. El camino al lavamanos del baño era tortuoso y el cepillarse los dientes una tarea salomónica. Al mirarse al espejo y detallarse por varios segundos, se dio cuenta por primera vez en mucho tiempo, del estado de autodestrucción que se había apoderado de él. Y sintió un poco de miedo.
Salió del baño arrastrando los pies en medias y se detuvo bajo el marco de la puerta de su habitación y contempló el basurero en el que, él, se había convertido. Observó toneladas de correo acumulado sin abrir, comida descompuesta por los rincones más inaccesibles, las mismas sábanas de hace un año, un volcán de ropa sucia que alcanzaba el teclado de su computadora…y por fin se dio cuenta.
Sin caer en juicios y reproches hacia él mismo, se dio cuenta finalmente que era su obligación cambiar el rumbo de su vida. Era una cuestión, ya, de vida o de fracaso absoluto, que terminaría por llevarlo hasta la muerte del poco respeto que le quedaba hacia él mismo.
Un gran vacío tomó el espacio de su mente y, él, sintió cómo por primera vez tenía la decisión en su manos. Él, y no sus hábitos, por primera vez y por breves segundos, estuvo en control.
Y una pequeña vocecita, cálida y familiar, una que siempre lo hacía reír, la que le recordaba sus momentos de infancia dorada, la que le daba palmadas en la espalda después de aquellos logros de antaño, le susurró casualmente y sin mucha insistencia: “mejor será encargarse de eso mañana”.
Y el vacío en su mente cesó, para dejar entrar nuevamente al ruido familiar de todos los días.
Hacía rato que Aurelio se había cansado de esperar por el día en que Matilda, finalmente, se decidiera a desnudarse frente a él. Matilda era de esa clase de mujeres que con solo verlas caminar, le afectan a uno el equilibrio y le vuelven el aliento espeso.
Tenía las curvas de un durazno tierno y la piel de leche acaramelada. Sus mejillas pecosas y sus clarísimos ojos verdes lo seducían todo. Le gustaba quebrar sus perfectas caderas cuando conversaba, y siempre sonreía simpática mientras jugueteaba con los anchos bucles rojos de sus juveniles cabellos. Matilda era pues, sin esfuerzo alguno, una Diosa.
Desafortunadamente, Aurelio, su prometido, solo había logrado intimar físicamente con ella de una manera muy superficial: a través de interminables sesiones de pasión frenada donde solamente besos y caricias conformaban el límite de lo permitido por ella. Al menos por los momentos.
Una tarde Matilda venía del mercado del pueblo de comprar frutas, pan integral y algo de dulce de membrillo, cuando se consiguió con Aurelio sentado en una piedra con la cara hundida entre las manos.
–¿Qué haces ahí tan solo? –Le preguntó–.
–Pienso –Respondió Aurelio secamente–.
–¿Y en qué piensas? –Insistió ella–.
–Pienso en que realmente no me deseas y es por eso que no me dejas conocerte. –Recalcó agrio Aurelio–.
Matilda siempre supo que aquel momento habría de llegar y por lo tanto no le sorprendió demasiado. Así, serenamente dejó los víveres reposar en el césped de la pradera y, mientras se recogía un poco la alargada falda, se sentó cariñosamente junto a Aurelio y con un tono de voz nuevo para él, le susurró dulcemente al oído:
–Cariño, tengo una propuesta para ti.
Inmediatamente el cuerpo de Aurelio se irguió como animado por una fuerza externa y su rostro se iluminó de una repentina esperanza. Y Matilda continuó mientras descosía una pequeña hilacha de su suéter de lana:
–Si de verdad sientes que no puedes esperar por mí más tiempo, toma el extremo de este hilo y vete con él sin pensar a dónde lo llevas. Camina lo más que puedas y nunca dejes ir el hilo de tus manos. Yo te esperaré aquí mientras descoses mi único suéter, y la única prenda que llevo conmigo para cubrirme. Cuando lo hayas descosido del todo, vuelve a mí. Yo estaré aquí desnuda esperándote y seré entonces tuya. Para siempre.
Atónito, Aurelio contemplaba la belleza de su prometida y sin éxito buscaba las palabras para responder que, sorpresivamente, lo habían abandonado en ese instante. Matilda le tomó las manos y le puso entre ellas el hilo de su suéter y con una mirada extrañamente ambigua pero a la vez tierna, lo terminó de azuzar.
Aurelio se levantó sobre sus pies con una rapidez casi electrónica, y con aquel delgado hilo enredado entre los dedos, corrió con la energía de aquel que intenta escapar de su propia sombra. La voz de Matilda se escuchaba cariñosa a lo lejos, deseándole suerte y recordándole no romper el delicado hilo que ya se desprendía varios metros lejos de ella.
Así, Aurelio cruzó por primera vez las montañas que rodeaban el valle donde toda su vida había vivido al igual que Matilda. Atravesó ríos desconocidos, helados y torrentosos. Conoció praderas nuevas y profundos precipicios de roca. Saltó abismos de niebla y se adentró en remolinos de árboles, a través de los cuales el interminable y frágil hilo seguía su recorrido.
La luna y el sol se relevaban en su eterna rutina. Las nubes esculpían sus estatuas gaseosas, sobre el pedestal azul y morado del espacio y Aurelio, indiferente a todo, seguía corriendo incansable. La imagen de su amada, voluptuosa y generosa, era lo único que ocupaba su mente y sus piernas solo sabían moverse para cumplir la misión de aquel hilo del destino.
Al saltar sobre uno de los riachuelos que surcaban la pradera, Aurelio sintió que el hilo en sus manos perdió repentinamente la resistencia que lo había acompañado durante todo el camino. Supo entonces que finalmente Matilda se encontraba desnuda esperando por él. Y supo que había alcanzado, por fin, aquello que tanto anhelaba desde hacía tanto tiempo: escapar de la tortura cruel que era el misterio del cuerpo de su mujer. Afortunadamente ahora, solo quedaba volver a ella.
Pero el camino de regreso a casa era largo y desconocido, puesto que el designado hilo se había ya desvanecido en las entrañas del rural camino de piedras y polvo.
Aurelio confundido, intentó recordar los pasos que había dado en su ciego frenesí de venida. Pero ahora los árboles aparecían diferentes y oscuros, el viento soplaba de una forma rara e intermitente y las nubes, esta vez, permanecían inmóviles y deformes como burlándose, con silenciosas morisquetas, de Aurelio y su extraña odisea.
La noche cayó una vez más y las estrellas aparecían desordenadas. El agudo frío comenzaba a alcanzar todo lo que había, al igual que los ruidos nocturnos y el miedo. El que alcanzaba más lejos, era el miedo.
Aurelio estaba, sin duda alguna, perdido.
Después de mucho andar y con la esperanza ya muy diluida, Aurelio reconoció muy a lo lejos la cima de la cordillera del valle donde él vivía. ¡Había encontrado el camino a casa! Intoxicado de emoción, corrió más rápido que nunca, con la poca fuerza que le restaba en su sangre, a los dulces pechos de su amada quien debía de esperarlo pacientemente.
Por fin llegó la hora en que Aurelio entró a aquel prado en el que alguna vez, sobre una roca, se lamentaba. Recorrió hábilmente algunos atajos espinosos hasta que, repentinamente, su inusual empresa culminó de súbito.
A la distancia, sobre aquella dichosa roca, estaba Matilda como lo había prometido. La cara de Aurelio se transformó alegremente y su paso impulsivo lo atrajo a la morada de su amor.
Sin embargo, algo había cambiado.Matilda sonreía conmovida pero de una manera distinta, aunque su cuerpo desnudo, había esperado a Aurelio como lo habían acordado. Aurelio, mudo y turbado, tomó dudoso la mano de Matilda quien permanecía sentada en aquella roca mohosa con una extraña paz en la mirada.
–¡Lo lograste querido! Y aquí te esperé. –Le dijo ella con una dulce sonrisa mientras le acariciaba el rostro–. –Pero a mis noventa y siete años, creo que lo que te prometí ya no te servirá de mucho.
Aurelio se derrumbó fulminado sobre sus rodillas, con lágrimas en los ojos y contemplando, con desconcertante horror, el inexplicable cuerpo anciano de su prometida.
El tiempo había jugado una de las suyas y el misterioso hilo que alguna vez conectó por sus extremos a los latentes amantes, había sido su cómplice. Y las palabras abandonaron a Aurelio una vez más, como habría ocurrido aquel día que partió de aquella roca tras la promesa de la extraña propuesta de su adorada Matilda.
Solo que esta vez, las palabras nunca más volvieron a él.
Cuando los ciegos corren cada zancada es un salto suicida a una piscina vacía, a una laguna helada. El viento nunca va en su contra ni les revuelve el pelo, porque ni el silbido implacable del invisible puede con tanta velocidad.
Cuando los ciegos corren, se oyen los bastones rebotar contra el suelo y las voces de los incrédulos videntes gritándoles sobre miedo. Pero estos no saben que cuando un ciego arranca a correr, no hay pavor ajeno ni eco distante que lo frene.
Una vez vi a un ciego correr tan rápido, que a veces parecía que volaba brevemente al ras del suelo. Y cuando me pasó por al lado, me miró con cara de encandilado como invitándome a correr con él. Nunca había visto yo un gesto de tan temerario gozo como el de aquel ciego.
Es muy fácil sentir pena cuando se corre con los ciegos porque, aparte de que son rapidísimos y muy hábiles, poseen un sentido del humor bastante ácido. Pero al poco tiempo uno se va dando cuenta que para ser como ellos, basta con cerrar los ojos y seguir corriendo.
Mis migajas son sus banquetes y mis sobras sus fortunas. Mis palabras necias su filosofía y mis caprichos su religión.
A mi paso espontáneo y relajado le siguen sus carreras torpes y nerviosas, y al afinar casual de mi mirada sobre ustedes, se derrumban sus esperanzas y sus tímidos anhelos de cualquier cosa.
Porque un día decidí que todo lo que hay es mío y por mí, y porque ustedes aún no han querido llegar a la misma decisión.
Aunque el día que lo hagan, aunque no lo crean ahora, ustedes y yo seremos lo mismo.
Había una vez un árbol muy grande y frondoso que daba toda clase de frutos deliciosos durante todas las temporadas, cuyas ramas se extendían larguísimas expandiendo una amplía y acogedora sombra que abarcaba a todo aquel que quisiera reposar bajo ella.
Esté árbol era tan especial y tan exótico, que muchos cruzaban el océano entero por meses, solo para acudir a su sombra y a la acolchada grama uniforme que sobre sus raíces crecía. Gentes de todas partes, incluso, abandonaban sus propios árboles permanentemente para venir a deleitarse con los frutos y la sombra de este árbol, que parecía invencible y eterno.
Con el pasar lento de los años este árbol creció en su tronco principal un enorme panal de abejas, el cual crecía más con cada año. Al comienzo, los habitantes del árbol no hicieron caso de aquel panal, al cual veían como algo natural que todo árbol, y más aún uno tan fructuoso, debía tener. Pero llegó un momento en que aquel panal había alcanzado un tamaño descomunal, y algunos hasta aseguran que llegó a ser casi tan grande como el mismo árbol.
No obstante, los habitantes del árbol aprendieron con el tiempo a convivir con aquel panal, del cual extraían una rica y dulcísima miel que chorreaba abundante por los poros de su colmena. Esta miel era tan especialmente rica y tan abundante, que los habitantes del árbol vivían exclusivamente de ella, pues todo el mundo quería probar su adictiva dulzura. Mientras esto ocurría año tras año, los frutos del árbol caían espontáneos sobre la grama, y desaparecían podridos bajo las pisadas indiferentes de los habitantes del árbol quienes no tenían más ojos que para la hipnotizante miel de aquel panal, que ya para entonces era percibida como una especie de maná sagrado.
La sombra del árbol, la cual era muy tibia y peculiar, también comenzó a encogerse, pues las ramas muertas del árbol ya nadie las podaba como antes y la frondosa copa que alguna vez fungió de cielo para muchos, se estaba convirtiendo en una especie de triste esqueleto expuesto e insuficiente.
Sin embargo nada de esto importó mucho a los que vivían en el árbol, porque aquella miel, que era la envidia de las gentes de otros árboles, parecía no acabarse nunca y cada día aparecían más y más abejas que la producían sin cesar. Como por arte de magia.
Pero un día ocurrió algo insólito. Algo que nadie esperaba, aunque algunos pocos hacía rato que lo avecinaban con timidez: Alguien decidió, arrastrado por no se sabe muy bien cuáles motivos, tirarle una enorme piedra a aquel frágil y monstruoso panal. Una piedra aventada de tal manera, que la colmena que por casi un siglo había alimentado a varias generaciones con su pegajosa miel, se derrumbó de facto en fragmentos irreparables, que no solo desbordaron la preciada miel sobre la tierra sedienta, sino que liberaron, por primera vez , aquello que nunca nadie se había tomado la molestia de considerar, seriamente, hasta entonces: Las abejas.
Así, de aquel arruinado panal emergió un feroz enjambre asesino, que volaba más rápido que el sonido de su tenebroso zumbido, una nube de tormenta oscura y cerrera que conquistó todo el espacio en cuestión de segundos. Los habitantes del árbol, aterrorizados, corrían por sus vidas a las copas de otros árboles lejanos; algunos alérgicos tuvieron que aprender a respirar bajo el agua para escapar de la asfixiante plaga y otros, sencillamente, no les quedó otra que tratar de esquivar las abejas entre el ardor de las picaduras.
Muchos perecieron bajo los aguijones agresivos de aquellas abejas nerviosas, quienes sencillamente atacaban cualquier cosa que se moviese. Familias enteras se vieron destruidas, comunidades desmembradas y las instituciones desvalidas ante aquella hecatombe. Las abejas habían sido despertadas de un histórico letargo, el cual reclamaba ahora, a la frecuencia de aquel ensordecedor zumbido mortal, el contrapeso natural de las cosas.
Y aquel árbol nunca más fue el mismo.
Hoy en día casi nadie vive en él, porque los que permanecieron junto a su tronco no se atreven a llamar vida al banquete de sobras con el que los dejaron. Ya sus frutos no son tan abundantes y su sombra, rasgada por la incidente y calurosa luz del trópico, solo arropa a algunos que logran mantenerse a punta de un difícil y valiente equilibrio entre los escombros del desastre y las expectativas.
Dicen que las abejas se han calmado, pero que todavía reinan. Y muchos de los que corrieron por sus vidas, desde lejos ven las ruinas de aquel árbol con un respeto nuevo, con una añoranza por las generosas frutas que antes daba y con una agridulce nostalgia por su sombra única. Al igual que los que se quedaron, hinchados de picadas y ronchas.
Sin embargo, el árbol todavía da frutas buenas, aunque pocas, y todavía crece hojas y ramas, aunque ya no tan largas. Y los que recuerdan los buenos días del árbol, hablan mucho de cómo reconstruirlo y de cómo rescatarlo. De algún día volver a su familiar sombra y permanecer cubiertos por ella, aunque entendiendo ahora que para vivir de la miel, hay que saber llevarse con la furia de las abejas.
La mente es como una red de pescador: consta de un sinfín de puntos interconectados que juntos constituyen una estructura cuyo contenido es la conciencia. En esta estructura reposan las ideas, los criterios, las costumbres, las tradiciones, los valores, la experiencia, la memoria, entre otros. Es decir, la pesca del día.
Hay redes de todos los tamaños y no todas pescan lo mismo. Hay redes inmensas que requieren de varios botes para extenderlas y cargan toneladas de peces. Estas son las que mueven el mundo y las que con una gran magnitud generan cambios.
Hay otras más modestas, que se dedican a pescar solo ciertas categorías de peces en pocas cantidades, pero surten a sus familias de lo necesario sin falta. Estas son las redes trabajadoras, la base productiva de la sociedad. Las que por lo general nunca se rompen.
Existen muchos tipos de redes, de muchas formas y para distintos fines. Cada quien utiliza la red que le toca como puede y como quiere. Sobre todo como quiere.
Hay redes que se se les abren huecos de tanto mal usarlas. Y a pesar de que todavía algo pescan, no son tan efectivas como antes. Estas redes resultan del abuso de los pescadores, quienes intoxicados de intensas distracciones a veces descuidan la integridad de sus redes. Hay otras que se enredan entre si mismas, y a pesar de querer pescar, no pueden. Estas redes a veces vienen así de fábrica, o a veces se enredan en el camino sin explicación alguna. El caso es que, una vez enredadas, nada las desenreda. Los pescadores dueños de estas, pasan a depender de la solidaridad de los otros pescadores para sobrevivir, quienes con algo de lástima los socorren de por vida.
También hay redes que solo pescan basura y desperdicios del mar. De estas los pescadores siempre se quejan, sin a veces darse cuenta que depende exclusivamente de ellos cambiar de aguas.
Hay unas redes excepcionales que, aunque aparentemente salen a pescar al igual que las demás, siempre regresan con las más ricas cargas de peces, a veces cientos de ellos exóticos y sorprendentes que por si solos valen fortunas. Estas redes parecen ser un misterio para los demás y de sus pescadores solo se sabe que se la pasan silbando con un gesto extraño en el rostro, como el que hace alguien que sabe algo que los demás no.
Hay redes que se pierden en el fondo del mar y nunca más se rescatan; también hay redes que se multiplican para pescar más peces y poco a poco se van tejiendo a ellas mismas con paciencia y trabajo. Hay otros que, aunque tienen unas redes inmensas, cómodamente prefieren pescar solamente con una porción de estas.
Cada día aparecen nuevos tipos de redes para miles de usos nuevos. O al menos eso parece. Porque muchas veces los pescadores más viejos reconocen en algunas de ellas, redes antiguas.
Sin embargo, existen algunos extraños pescadores, bastante raros, que siempre están observando sus redes desde bajo el agua e independientemente de que estas estén llenas o vacías, rotas o enredadas, hundidas o descuidadas, siempre prefieren sumergirse hasta el fondo del océano, donde los peces nadan con libertad y donde a nadie le importa, en lo más mínimo, hablar de redes de pesca.
En el año 2055, en Venezuela, se realizaron unas dramáticas elecciones presidenciales que arrojaron un resultado inesperado: Un empate perfecto. Después de decenas de revisiones las autoridades electorales de entonces, y gracias a la infalible tecnología de la época, concluyeron que, efectivamente, había ocurrido un fenómeno casi imposible de lo improbable que era.
Así, después de una gigantesca investigación, y bajo el ojo curioso de todos los países del mundo, consiguieron una salida; una arista suelta que había pasado desapercibida ante los casi perfectos conteos automatizados: Existía una sola persona que no había votado. El único abstinente de las cincuenta y nueve millones de personas que habitaban la república se llamaba Jesús Labrador y había cumplido los dieciocho años, edad mínima para sufragar, hacía apenas unos días.
La sociedad estalló de inmediato con uno de los debates más polémicos en la historia de las sociedades democráticas de la humanidad, se cuestionaba por doquier el rol del voto individual, las bases mismas de la real democracia y se exploraban todo tipo de alternativas ante aquel descabellado escenario.
Jesús observaba tímido aquel pandemonio que se erguía a su alrededor, donde su nombre estaba en boca de todos y de donde amenazas y bendiciones cruzaban el espacio disparadas, para alcanzarlo como flechas anónimas de puntas envenenadas y puntas romas. Manifestaciones callejeras se apoderaban de las esquinas entre saqueos e incendios que reflejaban la inmensa tensión acumulada de la gente, quien desesperada, clamaba por una solución. Esperaba Jesús silente y temeroso mientras la agobiante atención enfocada sobre él, como una lupa que concentra el calor del sol, aumentaba su intensidad.
Pasadas varias semanas, y en vista de tan complejo escenario que demandaba una pronta respuesta, la sociedad mundial decidió otorgarle a aquel inocente individuo, escogido por el destino, la oportunidad de ejercer su derecho al voto. Como ciudadano que era, como miembro de la sociedad a la que pertenecía, era él ahora, y por gracia de unas circunstancias supra especiales, el encargado de decidir el rumbo político del país entero. Sin embargo, hasta ese momento, nadie se había molestado en preguntarle a Jesús qué pensaba de todo aquello.
Los medios cada vez eran más feroces sobre aquel tema, que parecía nunca agotarse. Las campañas presidenciales reactivadas colmaban el espacio en busca del favor de Jesús, quien había perdido ya el derecho a su privacidad y cuya voz casi no se escuchaba ante el ruido imponente de la confusión generalizada. Las masas gritaban su nombre en pancartas, consignas provocadoras y graffitis en las paredes que imperativamente amenazaban: Jesús esperamos por ti.
Llegó finalmente el día de contabilizar aquel voto, que había significado para aquella sociedad el único pivote y que resumía, en el simple gesto tradicional de un meñique entintado, el punto de apoyo de una balanza invisible que sopesaba de cada lado los polos intransigentes de aquel estado enfermo.
Jesús se había dejado arrastrar por la presión de la marea manipuladora de las masas hasta el punto en que se vio así mismo, a la merced de decenas de cámaras y micrófonos frente a la cuadricula de candidatos a la presidencia la cual se dividía en las dos opciones tradicionales: la blanca o la negra. Era el momento más anticipado en la historia de los procesos electorales del mundo y Jesús hizo por fin su movida. Lo que para muchos fue, lo que debía hacer.
Meses después, las paredes de las calles escondían el nombre de Jesús olvidado bajo pancartas nuevas que promocionaban los eventos de la temporada. Las calles murmuraban el trajín usual de sus transeúntes ocupados en sus vidas, y ya casi nadie hablaba sobre aquel personaje que una vez capturó la atención del mundo entero. Los problemas típicos de la ciudad permanecían vivos y los sin sabores de aquella sociedad seguían intactos, aunque impregnados de una rara calma. Para cualquiera que no hubiese estado enterado de la convulsión que Jesús había generado meses antes, aquel país aparentaba ser uno como cualquier otro.
Excepto por la curiosa particularidad de ser el primer estado democrático regido por dos presidentes electos simultáneamente y un mártir religioso quien ofreció su vida con un infarto, justo antes de haberse manchado sus dedos con la indeleble tinta de la política.
El detective McLellan nunca tuvo una carrera fácil ya que en la jefatura de policía del caserío Las Tres Matas, ser descendiente de irlandeses era visto con algo de recelo. En esta ocasión, sin embargo, en la salita de interrogación de la jefatura, la cual era un improvisado rincón temporal que conectaba, desde 1981, con el único baño disponible, el trabajo en progreso desde hace más de ocho horas presentaba un reto inusual.
El principal sospechoso de un ambicioso robo, llevado a cabo limpiamente en el almacén de licores del pueblo con unos camiones de basura meses atrás, Jhony “sonrisita” Rosales, estaba sentado frente al comisario McLellan esposado a la silla, con la cara hinchada de tantas preguntas y esbozando aún su famosa sonrisita. La cual no ayudaba a la hinchazón.
McLellan necesitaba la confesión por escrito de Sonrisita, pues sabía que cerrar este caso significaría para él el ascenso que tanto esperaba desde hace años. La ambición de McLellan lo había llevado años atrás a atender un cursillo de seguridad pública de cinco días en la policía del norte de Irlanda, al cual logró asistir gracias a su condición de descendiente de irlandeses, a un “financiamiento" de la alcaldía y a su gran arrojo, pues McLellan no hablaba inglés. El irlandés era su tatarabuelo que nadie nunca conoció. Sin embargo el bonito certificado de participación del cual solo se entendía el nombre de McLellan en tinta, colgaba enmarcado orgulloso en un rincón de la jefatura al lado de los bebederos.
Ya eran las tres de la tarde y McLellan por primera vez había dejado pasar la hora del almuerzo. El expediente de sonrisita incluía toda la información necesaria para la investigación, pero omitía un detalle importante, algo que determinaría el éxito o el total fracaso del interrogatorio de McLellan y la razón por la cual aquella sesión de interrogación se había convertido en una pesadilla: Sonrisita era tartamudo.
Increíblemente la intermitente coartada de Sonrisita encajaba perfectamente con la investigación. No había manera de incriminarlo. Mientras tanto el asfixiante calor, casi auto adhesivo, arropaba cada vez más la incómoda salita de interrogatorios. Los gigantescos zancudos, que parecían jeringas invisibles, punzaban hasta las paredes. En un rincón de la salita reposaba desde tempranas horas de la mañana, sobre una mesita de plástico, una jarra de jugo de tamarindo hirviente, con una capa de zancudos muertos que cubrían la superficie del agua ya separada del tamarindo. El cenicero desbordaba de colillas angustiosas y los antiguos ventiladores del techo parecían a veces detenerse y lentamente girar en sentido contrario. Y la cara hinchada y ya ensangrentada de Sonrisita Rosales seguía sonriendo.
McLellan lo había probado todo. Había sido el interrogatorio más difícil de su vida y se había convertido ya en el más importante. Después de tantas horas, solo había podido sacarle al macabro tartamudo unas pocas lineas completas que en realidad no esclarecían nada. Supo entonces que había llegado la hora de decidir el futuro de su carrera. Era el momento de saber en realidad cuánto deseaba resolver aquel caso imposible.
McLellan palpó el bolsillo de su camisa para darse cuenta de que no le quedaban cigarros, levantó la mirada y observó por varios segundos el rincón de los bebederos y arrugando el escueto empaque de aluminio de los cigarros terminados, miró a sonrisita fijamente a los ojos y con una voluntad arraigada en algo que solo podía ser de carácter divino, y con la voz más calmada que sonrisita había escuchado en su vida, le dijo: Comencemos desde el principio.
Fue entonces la primera vez que Sonrisita Rosales estuvo serio.
Lo más intimidante de Ramón era que hacía rato que había cumplido los 12 años y parecía no importarle. Podía entrar al cine a ver películas censura “B” cuando quisiera, pues era su derecho como persona que ya había alcanzado la edad requerida. Es decir, pertenecía a la glamorosa élite de los adultos a la cual yo ni soñaba siquiera acercarme.
Ramón era capaz de englobar en una sola frase todo lo que estaba prohibido por los íconos más sagrados de la autoridad de mi familia, como mi abuela y mi papá. A veces yo fantaseaba con organizar un debate entre mis familiares y el bárbaro de Ramón, a ver quién tenía la razón al final, porque de cualquier manera implicaba esto presenciar la caída de un coloso.
Durante los juegos de futbolito en el patio del edificio, Ramón, que esperaba su turno para jugar desde la banca improvisada, se dedicaba a atormentar niños pequeños con frases como “tráeme a tu papá para reventarlo a golpes”, las cuales bastaban para que más de un niño recogiera sus cosas y se escondiera amedrentado y confundido en su habitación. Ramón era un artista del abuso, un mago de la provocación, era el más temido y el más respetado de todo lo que yo conocía. En aquel entonces, solo bastaba pronunciar una palabra para que todo mundo entendiera el lugar que le correspondía y el orden natural de las cosas: Ramón. Era el héroe de todos.
Una vez vimos como se entró a golpes con un mecánico del pueblo, un tipo que tenía como 17 años y había abandonado la escuela; que podía fumarse un cigarro entero sin quitárselo de la boca y siempre cargaba un viejo suéter sin mangas lleno de grasa. Pues a ese idiota, Ramón casi lo mata. Nunca olvidaré la vez que lo vi en la panadería comiendo solo, cabizbajo y con un suéter nuevo.
Veinte años después, todos los de aquella época habían hecho su camino y se habían alejado del patio del edificio. Muchos estudiaron, se casaron y tienen familia. Otros se hicieron famosos por alguna razón y otros, de tan lejos que estaban probando fortuna, no se sabía nada. De Ramón escuché, que lo habían matado porqué trató de robar una casa de cambio, con otros dos tipos que trabajaban con él en un matadero de reses en el interior del país; que dejó dos hijas de madres diferentes y que últimamente andaba muy nostálgico hablando de nosotros, los que lo conocimos de niño.
Hay violencia porque hay pobreza. Hay pobreza porque hay corrupción. Hay corrupción porque no hay valores. No hay valores porque no hay cultura. No hay cultura porque no hay historia y la que hay, recién ayer la escribimos. No hay historia porque un día interrumpimos el tiempo y su ritmo para siempre.
Tomás nunca había visto la tapa de un libro tan sencilla y a la vez tan misteriosa. Su tío Claudio, quien servía como arriero a una de las familias potentadas de la región, había recibido como regalo por parte del hermano de su patrón, quien recién llegaba de España, aquel diminuto libro sin título que parecía no tener ningún grabado que lo ilustrara. Claudio sabía que el hermano europeo del patrón era un tanto diferente al resto de la familia, por el respeto con que siempre trataba a Claudio. A él eso le gustaba.
Sin embargo, como Claudio nunca había aprendido a leer, a pesar de estar muy agradecido ante el generoso gesto del viajero, decidió regalarle aquel libro a su sobrino favorito.
Las páginas de este libro eran de un papel muy grueso y resistente, pensaba Tomás mientras acariciaba cada una de ellas. Pensó también que debía tratarse de un libro de mucho valor. El lomo, estaba firmemente reforzado con un delgado hilo color rojo que formaba una flexible columna que soportaba las elegantes páginas manuscritas en caligrafía a tinta.
Tomás había aprendido a leer a temprana edad, gracias a la generosa diligencia de unas misioneras religiosas que, cuando Tomás era niño, pasaron una temporada en su pueblo catequizando a todomundo. Aunque Tomás no recordaba mucho las clases de aquellos letárgicos catecismos, los cuales siempre terminaban con un dulce de lechoza y un vaso de guarapo e' papelón como premio a los que asistían, siempre le quedó el orgullo de haber aprendido a leer como se debe.
Al final del día y después de haber lavado los establos, alimentado el ganado y recolectar el agua y la leña para la cocina del día, como le ordenara su padre, Tomás se dispuso a explorar el preciado regalo que su tío le había dado. Así, bajo la luz de un tocón de velón, y en la quietud de un rincón del suelo de la casa, Tomás pasó su primera noche desvelado viajando por las letras de aquel maravilloso texto que hablaba de cosas que él nunca había siquiera imaginado. Aquel extraño libro que viajó desde el otro lado del océano por meses, había conseguido su destino final en las manos de Tomás y era ahora, él, el escogido para recibir la luz que de sus páginas parecía emanar.
Largos párrafos hablaban sobre los hombres del mundo como si todos fuesen iguales y a Tomás esto le gustaba. En aquel libro se exhaltaba de una manera casi lírica el hecho de haber nacido, el derecho a las ideas, a la libertad, algo que aparentemente pertenecía a todos por derecho divino. Se inundaba de dignidades y alabanzas a los aspectos más simples del ser humano, como la capacidad de expresar lo que piensa y discutirlo con otros, entre otras tantas ideas fascinantes cada una más inquietante que la anterior.
Nunca Tomás había leído algo tan conmovedor, tan único y tan real. Nunca había sentido que una palabra escrita causara semejante impacto en él, y menos sin saber quién la escribía. Y Tomás supo así, desde aquella corta y oscura noche, que nunca más volvería a ser el mismo.
A la mañana siguiente Tomás no sentía ningún cansancio, a pesar de haber pasado la noche leyendo encorvado bajo la tenua luz del precario velón, que sorpresivamente ardió encendido más tiempo del usual. Mientras iba camino a la plantación donde trabajaba por las mañanas, Tomás halaba por el freno a la vieja mula de su familia, que últimamente había cogido el hábito de detenerse repentínamente a mitad de camino y sentarse con la carga a cuestas. Para Tomás este era un cotidiano problema que debía resolver “a palo limpio”. Sin embargo, en el fondo Tomás entendía que la pobre mula que alguna vez fuese de su difunta abuela, ya merecía sentarse a descansar.
Mientras esto ocurría, en el mercado de la plaza del pueblo Tomás escuchó el canto alarmista de un niño pregonero que anunciaba las noticias que llegaban de otras partes. Por aquel exclusivo servicio social, el niño recibía al final de la semana una moneda de plata, la cual compartía con sus otros siete hermanos menores. A Tomás esto no le gustaba.
Sin embargo esta vez escuchó al niño gritar, con la ingenuidad de alguien que repite lo que le dicen, algo que lo detuvo en el sitio junto a la relajada mula de su abuela: ¡Noticias de la Europa! Que hablaban de algo que Tomás no entendía muy bien. La gente comentaba murmurosa en la calle y se respiraba en el aire un aroma nervioso, como el que se respira cuando se le dice a la mujer que a uno le gusta, lo que se siente por ella.
Tomás recordó de pronto el libro que le había despertado para siempre las ideas que ahora retumbaban en su cabeza y que parecían acelerar. Algo importante estaba ocurriendo y Tomás, aunque lo sabía muy bien, no terminaba de entenderlo.
Durante el resto de la tarde y parte de la noche las fuerzas reales, que iban de camino a la capital, se desplazaban ágiles y marciales por todo el pueblo. Diligencias aristócratas iban y venían en una ola creciente de sosobra que teñía la atmósfera de lo que siempre había sido un pueblo tranquilo. La gente se refugiaba en sus casas, y los campos estaban desiertos porque no habían ya patrones que los supervisaran. Las ideas de aquel libro retumbaban cada vez más en las sienes de Tomás quien creyó por un momento estar “contagiado” de algo extraño que lo enajenaba de sí mismo.
Fue entonces cuando Tomás vió llegar, a la plaza del pueblo y con paso acelerado, a un peculiar grupo de personas. Eran de aquellos que Tomás siempre veía bien vestidos, discutiendo con disimulo y con un lenguaje un poco raro en las tabernas del pueblo cuando caía la noche, cuando alguna vez le tocó hacer un mandado especial para su padre.
Venían con antorchas y demandaban amenzantes la presencia del Virrey. Repartían panfletos, cientos de ellos que caían por el suelo y eran pisados por los caballos de los curiosos que se acercaban a atender aquel tumulto. Tomás se acercó prudente al borde de el círculo que ya formaban aquellos señores, y de un charco de lodo rescató uno de los panfletos que decía en letras muy grandes de linotipo: ¡Libertad, Igualdad, Fraternidad!
Tomás observaba como todos, enardecidos, aupaban las palabras de aquellos rebeldes, que cada vez más inflaban, con el aire de su audaz retórica, aquella rara atmósfera que se había apoderado del pueblo. Supo Tomás entonces, que aquellas ideas que le llegaron desde el otro lado del mundo, en aquel extraño y diminuto libro que le había regalado su tío, no llegaron solamente para él.
Hay un carrusel absurdo en donde dan algodón de azúcar y premios a aquellos que se monten en sus estúpidas figuras de caballos afeminados y tazas de té. Donde la música que suena cuando gira nauseabúndamente, es tan atorrante como empalagosa. Es la única atracción del parque y a la cual todos, sin que quede alguno por fuera, deben acudir si es que quieren algo del escaso dulce de la diversión.
Todos se avalanzan sobre aquel tiovivo del que todos hablan, tropezándose unos con otros como bestias en una manada alebrestada por el miedo. Todos sonríen histéricamente, mientras ceñidos a los ornamentados tubos de los macabros figurines, complacen desorientados la mirada morbosa de los curiosos. Mientras más gira, en su débil centrífuga inacelerada y opaca, más inaguantables se convierten toda su farsa y los que la alimentan.
¡Me han arrastrado a montarme en este carrusel! No fui yo, nunca, quien decidió viajar en tal armatoste vergonzoso ¡Ni por un segundo! Como todos, quise mi golosina y acudí al parque por ella. Pero hubiese preferido jamás tenerla, a haberme convertido en el hueco casco inánime que hoy posa obligado para las fotos de tal avergonzante trampa.
Sin embargo, alzo mi voz en contra de la música, en contra del mareo de tanto girar alrededor de nada pero nadie quiere escucharme. Porque para ellos soy solo el niño amargado, de raro comportar, que prefiere estar con sus padres caminando en el parque, a la plástica euforia de este macabro carrusel que pareciera nunca detenerse.
Ya no quiero el azúcar, ya no quiero la novedad ni el estímulo de lo especial. Ya no quiero creer que la diversión se encuentra en un lugar aparte. Sólo pido, por lo que más quieran, que de este trágico carrusel me dejen bajar.