lunes, 27 de mayo de 2013

Esto no es café

Hago café pero no huele a nada. Le echo más café que agua a la cafetera, que cuela y borbota generosa, pero no huele a nada. No se impregna el aire de ese aroma especial que regala el gran café.

Hago y hago más. Me tomo dos, tres, cinco tazas. Oscuras, cargadas del mejor café que por aquí se consigue. Meto la cara en el empaque del café gourmet, etíope, garantizado como el más puro. Me da taquicardia, pues estoy tomando ya demasiado. Pero sin embargo, no huele a café.

Pareciera que hubiesen preparado más bien un triste té o alguna infusión medicinal de esas de vieja. Pero jamás café, porque no huele.

¿De qué sirve colar y tomar si el preámbulo sagrado del aroma, que es el que invita, el que promete que por ahí viene el momento de disfrutar un buen café, no está? Es como una mujer que se entrega pero no sonríe, que satisface pero a los pocos días es olvidada. Es como pelear sin rabia. Como cantar cansado. Como botar una planta que acabamos de regar. Una aberración de la sensatez.

Como esto que me vendieron. Que no sé que será, pero café no es.


por David Cerqueiro

martes, 21 de mayo de 2013

Treinta caballos

Atender significa sostener firmemente, como por el mango, la impredecible realidad que a diario nos encara. Porque es en la atención donde se cuaja el concreto de la realidad. La realidad maciza, la que duele, la que anochece, la que cobra la renta, la que causa la guerra, la fiesta, el amor y la envidia.

Controlar la atención propia es tan difícil como amansar al mismo tiempo a treinta caballos salvajes. Pero vale la pena intentarlo. Y es cuando la atención se pone mansita, después de batallarla, que uno comienza a reconocer sus señales.

Uno lo sabe, cuando en la calle la gente lo mira a uno sin ningún motivo aparente. Cuando los perros abruptamente dejan de ladrar al cruzarnos. Cuando el agua callejera que nos salpica, sospechosamente no nos mancha. Cuando silbamos frente a los extraños y los hacemos tararear.

Pero la señal más clara y contundente es cuando los caballos ya no corcovean diabólicos, sino que uniformes galopan en un sereno y extrañísimo relinchar. 


por David Cerqueiro R.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Perros y llamas

Sobre una colina suiza, en un corral de palo y alambre, estaban juntos perros y llamas.

Los perros eran igual de lanudos que las llamas y todos compartían una extraña uniformidad ocre que los hacía familia. El perro más feroz ladraba afónico hacia el abismo, solo y adelante, como discutiéndole algo al vacío. La niebla, que los envolvía suavemente, flotaba sobre la luz dorada del atardecer que parecía bordar con fuego las lanas de aquel grupo casi mitológico.

Mientras la gente del bus conversaba o navegaba dentro de sus teléfonos, aquella escena perfecta fue desapareciendo a medida que terminábamos la curva. La cálida luz se interrumpió por la sombra natural del otro lado de la colina y por su frío repentino.

Y se acabaron así los ladridos. Y de las llamas, su elegante indiferencia.


por David Cerqueiro R. 

domingo, 18 de noviembre de 2012

Una honorable visita

Ayer en la tarde, mientras mataba el tiempo en la Internet, entró por la puerta de mi cuarto Simón Bolívar. Aunque me costó creerlo al comienzo, era él sin duda. Resucitado de algún modo y trasladado a este tiempo. En mi cuarto. Mientras yo no hacía nada.

No supe qué decir y supongo que se me habrá notado en la cara porque enseguida me preguntó con voz solemne y autoritaria -¿Qué haces? - Y yo solo pude responder tontamente – Pues no mucho, en el Facebook -.

Me miró confundido pero mantuvo su postura. Y aunque no llegó a responder, con un gesto me pidió que me explicara mejor. Yo no supe por dónde comenzar, pues cómo se le explica a Simón Bolívar qué es el Facebook, o la Internet, o una computadora, o un monitor, o la electricidad...en fin. Así que dentro de mi estado de asombro balbuceé torpemente – Es una página en Internet donde uno se comunica con sus amigos y familiares. Aunque bueno, no todos son amigos -.

Miró las paredes de mi cuarto y alguna ropa que tenía tirada en el sofá cómo tratando de entenderlo todo. Se notaba que tampoco él sabía cómo había llegado aquí. Yo podía ver cómo, sin embargo, siempre se mantenía calmo y racional ante el absurdo mundo que lo rodeaba. Luego, justo cuando traté de levantarme de la silla, volteó y me preguntó tajante: - ¿Y qué comunicas a tus amigos? ¿Y por qué no lo haces en persona?-.

Le expliqué brevemente que ellos vivían en otros países, incluyendo Venezuela, y que por medio de la Internet podíamos mantenernos en contacto a pesar de la distancia. - ¿ Y por qué estás tan lejos tú? ¿Eres acaso prisionero de los españoles? - continúo curioso.

Era obvio que Bolívar aún estaba totalmente desorientado y no entendía bien el salto en el tiempo que había dado. Cuando logré por fin levantarme, con mucho tacto le expliqué: - Estamos en el año 2012 y la monarquía española solo existe como un símbolo en España, que por cierto hoy en día está bien jodida-.

A Bolívar le cambió el rostro y murmuró para si mismo pensativo: -¿A qué misterio me ha traído la providencia?-. Le ofrecí café y hablamos por un largo rato. Me preguntó sobre Colombia, Venezuela, Ecuador, sobre Europa, los Estados Unidos. Me preguntó sobre Caracas con un entusiasmo casi de niño. Me preguntó si yo era blanco de orilla o noble y si alguna vez había oído hablar de su adorada Manuelita. Luego me contó un montón de historias de batallas y de cómo los Europeos perdían siempre porque subestimaban a los del nuevo mundo. Cuando contaba sus anécdotas, parecía trasladarse nuevamente en el tiempo.

Miraba por la ventana, con mucho asombro, los carros que pasaban. Aunque nunca me preguntó sobre ellos. Después de un rato conversando me dijo que tenía que irse. No supo explicarse bien pero eso fue lo que me dijo. Yo traté de formular algún tipo de despedida ante semejante reunión imposible, pero no sabía muy bien qué decir. Y Simón, que se dió cuenta, me dijo: -No entiendo aún cómo he llegado aquí, pero por lo que veo eres otro caraqueño más tratando de encontrarse. Pero no te preocupes, después de todo ese es el papel de un caraqueño-.

Me deseó suerte y al salir por la puerta remató en tono de broma: - Para la próxima traigo yo el café, carajito -.

Aunque más nunca lo volví a ver.



por David Cerqueiro R.

martes, 31 de julio de 2012

Latinoamérica cero

Para entender a Latinoamérica hay que tener el valor de olvidarse de uno mismo. 

Sus brillantes cerebros se pierden en la hormigueante multitud de sus ciudades, mientras resignados conversan sin camisa las verdades más difíciles. Así el agua negra de las cloacas les llegue a los tobillos, o al cruzar la esquina los roben violentamente. 

En Latinoamérica nada funciona como se supone que deba. Y ese es su gran secreto. 

Nadie parece comprenderla y todos la subestiman por su raída apariencia, por sus hondas contradicciones y por su retraso tecnológico. Así su franca nobleza insista en aparecerse de golpe en medio del caos, o a pesar de su incesante esperanza romántica en lo intangible trascendente, en medio del tráfico maldito, la pobreza y la gula del consumismo. 

En Latinoamérica nada parece importar, porque todo ocurre en el instante. Lo que vendrá y lo que ya fue es irrelevante para el pululante mestizaje alebrestado y agradecido de vivir el momento. El único tiempo que verdaderamente consta. 

Latinoamérica es incómoda, inconveniente, tosca, resuelta apenas. Su breve pero vertiginosa historia así la obligó. Y es de ella que brota su carácter atravesado y seductor, y sobre ella que se apoya su raro espíritu. Salir a la calle sin conocer su historia, es como amar a una de sus mujeres sin quitarle la ropa. 

Es en Latinoamérica donde aprendí a vivir y donde el afincado roce de las circunstancias me moldeó la perspectiva de las cosas de manera irreversible. Es allá, y solo cuando tengo el ánimo dispuesto al arrojo, donde puedo demoler toda creencia, toda conclusión y toda teoría. Solo allá, y en ninguna otra parte más, es donde puedo decirme adiós a mí mismo para pertenecer a algo mayor y, con algo de suerte, igualar a cero. 



por David Cerqueiro R.

miércoles, 18 de julio de 2012

La gran fiesta

Cuando recibas la invitación a la gran fiesta, y no importa qué ocurra, asiste.

Con tu mejor traje y la mayor elegancia posible, asiste al evento donde todos te conocen pero tú no reconocerás a nadie. Donde hablarán mal de ti apenas te voltees confiado, después de haberte presentado cordialmente. Donde las miradas invasivas, las sonrisas diabólicas y la constante ironía te envolverán confuso.

Donde te harán sentir como un pobre mendigo de sobras, así tengas tu invitación en la mano, y donde harán lo posible por verte tropezar frente a todos, humillándote torpe ante su cínico desdén.

Asiste. No importa qué ocurra.

Y asegúrate de conocerlos a todos cara a cara, de estrechar sus manos con firmeza, de degustar quesos y vinos con ellos y de caer en todas su burlas y trampas.

Cuando la música más ridícula suene, baila con todas tus ganas en el centro de todos y festeja con toda libertad. Festeja, ríe, bebe, baila y consúmete en el hedonismo de la noche.

Porque es allí donde te pondrán a prueba y en dónde a cada demonio le toca ser expulsado para siempre. Cuando lo hagas, y el ruido y la confusión acaben de súbito, te darás cuenta finalmente que aquella fiesta fastuosa siempre había sido tuya.



por David Cerqueiro R.

lunes, 14 de mayo de 2012

La ceniza sobre el níspero

Aunque el reporte de la policía indicaba que la tragedia se debió a un accidente con una bombona de gas, todo el pueblo sabía que Candelario Carbonel se había prendido en fuego, como por arte de magia, después de rezar un rosario completo de solamente padres nuestros. 

Algunos incluso aseguran que lo de Candelario fue una manifestación de su propia santidad. Pero los que reniegan de esta versión, dicen que nada que sea santo echa tanto humo y llamarada. Más bien, estos le atribuían al calcinado Candelario un oscuro arreglo con el demonio mismo. 

El majestuoso incendio de aquella noche era recordado en el pueblo como un gran misterio, que crecía cada vez más en los cuentos de los viejos en las noches de velas y sereno. Misterio por el cual a Candelario Carbonel, a pesar de las advertencias histéricas del párroco, ya algunos hasta le rezaban. 

Sin embargo, lo que sí se sabía cierto era que Candelario hacía tiempo que algo extraño le ocurría. Desde sus compañeros de sacristía, sus alumnos de la escuela de pintura, los mendigos de la licorería, hasta su propia madre concuerdan en que algo muy raro le pasaba al honorable Candelario. Algo que no era natural. 

No fue sino hasta cincuenta años después que Clarita, ya senil y burlada por la memoria, se confesó casual sobre su lujosa mecedora y contó con mucho detalle cómo Candelario Carbonel había sido su amante secreto. 

Bajo el único árbol de níspero de aquel pueblo, que siempre daba nísperos dulces y nunca ácidos, Candelario había confesado su amor a la hermosa Clarita a quien conocía desde siempre. Y a pesar de que ya todo estaba listo para la boda de ella con el gran coronel Voleur, un distinguido oficial francés que estaba de paso por el país, Clarita le entregó a Candelario, en un nervioso puño cerrado, las pantys que ese día vestía. 

Candelario, que era muy respetado por todos por su intachable moral, su muy decente abolengo familiar y su ejemplar labor social con la iglesia, no supo sino esconder su tórrida aventura con Clarita, la cual lo condujo la calurosa noche anterior al tan anunciado casamiento, a perder la conciencia borracho con un botellón de aguardiente, unas pantys en la mano y un imprudente tabaco encendido entre los labios. 



Por David Cerqueiro

jueves, 5 de abril de 2012

Lo que pasa

Coincidencias que no llevan a nada, son como baúles vacíos de tesoros tropezados.
Como las caricias que me das apurada. Como balas de salva que asesinan.

Cuando algo pasa al mismo tiempo que otra cosa, y nada pasa, es cuando a pesar de estar, en realidad te has ido.
Cuando la brisa tantea y el sol falta, mientras terca te bronceas en la azotea nublada.

Cada vez que nada pasa pienso en tus caderas adornadas, en tu cremosa palidez, en tus indomables ganas de cantar.
Porque entonces nada coincidía y todo era un caos acogedor y perfecto.

Que un día dejé pasar.


por David Cerqueiro R.

sábado, 17 de marzo de 2012

Bernarda de mi corazón

Lo más fascinante de Bernarda no era su voluptuoso cuerpo pecoso, famoso en todo el pueblo por sus andanzas juveniles, ni el irresistible tono ronco de su voz de niña caprichosa, sino la manera como resolvía despreocupada su ondulada cabellera castaña con una veloz cola de caballo, mientras guardaba las partes de sus víctimas en envases tupperware y bromeaba pícara sobre la fecha de vencimiento. 

La venta ilegal de órganos humanos había sido el sustento de Bernarda desde que ella podía recordar. La imagen de su padre trabajando con los dientes marrones de mascar chimó, vistiendo un raído delantal de cocina con unos guantes de limpiar baños y cantando tangos a todo pulmón, era para Bernarda un cuadro familiar. Y como en aquel pueblo olvidado no existía otra cosa más que la soledad, el tiempo y la licorería, a Bernarda se le hacía natural y a veces inevitable, asumir el negocio que había heredado. 

Bernarda había perdido la virginidad a los trece años, en la parte de atrás del bar del pueblo con Ramiro, el hijo del dueño, quien tenía entonces veinte años y trabajaba como chofer del camión de su papá. A Bernarda nunca le gustó Ramiro, pero aquella tarde que venían de pasear por el río y Ramiro le había ayudado a matar una culebra, a Bernarda le provocó “salir de eso” y así lo hizo sobre unas gaveras de refresco. 

El padre de Bernarda había muerto en aquel mismo bar de un aneurisma en el cerebro, durante una acalorada discusión con un viejo compadre, después de haberse tomado dieciséis vasos de aguardiente y haber escuchado un insinuante chisme sobre su difunta mujer. En aquel entonces el enfermero del pueblo, quien era apenas un estudiante, no supo reconocer el accidente cerebro vascular del padre de Bernarda, por lo que la autopsia que emitió determinó que el señor había muerto oficialmente “de arrechera”. 

Pero Bernarda nunca fue muy cercana a su padre. Una tarde una prima lejana de su mamá, quien solía visitar en ocasiones al padre de Bernarda, le dijo con los ojos aguados, mientras tomaba el sereno en el porche de la casa y espantaba la plaga con el humo de su tabaco, que él no era su padre. Desde entonces, cada vez que Bernarda olía tabaco sentía un poco de tristeza. Y a la prima de su mamá nunca más la volvió a ver. 

A pesar de todo esto, Bernarda no era una mujer débil. El oficio que le había tocado le había enfriado la sangre lo suficiente como para no temerle a nada. Tanto así, que los hombres del pueblo, que casi todos habían tenido alguna aventura con ella, no se atrevían a acercársele demasiado. La reputación de su familia la antecedía y la oscuridad de su oficio la enajenaba y Bernarda ya estaba acostumbrada a dormir sola desde hacía ya muchos años. 

Una mañana, cuando distraída contemplaba el paisaje de la sabana, Bernarda estrelló su camioneta contra una mula que escapada deambulaba por la carretera. Bernarda atravesó violentamente el parabrisas de su auto y voló varios metros para caer inconsciente y para siempre sobre los vidrios del ardiente y polvoriento camino que llevaba a su casa. 

Nadie supo de Bernarda hasta varias horas después del accidente cuando un autobús de la capital se encontró con el reguero. La gente del pueblo conmocionada no dejaba de comentar sobre aquella espectacular tragedia y de lamentarse por la muerte de la joven. Durante las averiguaciones correspondientes la policía encontró, detrás de la casa de Bernarda, un viejo refrigerador escondido dentro de un oscuro galpón que los desconcertó más que nada. 

Si bien la policía descifró de inmediato el macabro negocio de Bernarda, mediante las docenas de envases tupperware encontrados, nunca pudieron explicarse qué hacía una joven tan bella, y en aquel pueblo perdido, con una extrañísima y meticulosa colección, que permanecía claramente separada de aquellos tupperware, de solamente corazones intactos. 


por David Cerqueiro R. 

sábado, 10 de marzo de 2012

Conchita

No era la primera vez que Conchita era víctima de un secuestro, pero esta vez, por alguna razón, algo en el ambiente era distinto. Mientras la mantenían sentada en la parte trasera de su camioneta último modelo, con la cabeza entre las piernas, los malandros discutían nerviosos sobre a dónde llevarla, a la vez que escapaban a las afueras de la ciudad.

De los tres secuestradores, uno se sentaba junto a ella apuntándola permanentemente con un revólver y acariciándole el pelo -“No te vayas a poner a inventar, que nosotros lo que queremos es tu plata. Al menos que tú quieras otra cosa mamita.”- Le susurraba el secuestrador con un leve aliento a ron.

Conchita no paraba de llorar y los secuestradores no paraban de insultarla y de amenazarla de muerte. Después de golpearla, forzarla a entregar sus tarjetas bancarias, todas sus pertenencias y averiguar la ubicación del resto de su familia, los secuestradores decidían qué hacer con ella.

“La violamos, nos la quebramos y la tiramos en un monte en Guarenas”- propuso el conductor, quien no dejaba de observar a Conchita por el retrovisor. -“Eso es mucho paquete”- intervino el copiloto, quien parecía ser el líder del grupo. -“Quedamos en que solo veníamos por los reales. A la mami esta la dejamos botada en Mariches, que con esa pinta de muñequita no sale de ahí viva”-. Se reían los tres diabólicamente mientras se adentraban en los enredados caminos verdes que salían de la capital.

Conchita sabía que de aquella situación no saldría ilesa. Los secuestradores cada vez se ponían más violentos y el que estaba junto a ella no paraba de manosearla. -“Tranquila mamita que yo no te dejo solita por ahí”- le susurraba en la oreja cada vez más inquieto.

A Conchita le habían atestado un fuerte golpe en la frente y había sangrado mucho. Comenzaba a sentir un poco de náuseas, pero la intensa adrenalina del momento no le permitía bajar la guardia. Después de todo, Conchita siempre fue una mujer fuerte acostumbrada a tener el control. Había dejado la casa de sus padres a los diecisiete años para independizarse y había sacado sola tres títulos académicos. De las últimas doce relaciones amorosas que había tenido, todas las terminó antes de los cuatro meses por falta de “un no sé qué” como solía decir.

Conchita observaba disimuladamente, en la medida de lo posible, los movimientos de los criminales, el lenguaje que utilizaban, los gestos que hacían, la manera como la miraban. Aunque nada de eso era nuevo para ella, esta vez Conchita sintió verdadero terror.

Repentinamente detuvieron la camioneta en un relleno sanitario. El fétido olor de la basura podrida lo penetraba todo y los polvorientos zamuros, espantados por la camioneta, volvían enseguida al banquete interminable de carroña.

“Déjenme diez minuticos con ella a solas, que yo me encargo de despedirla”- pidió el conductor lascivo, a lo que el líder de la banda replicó -“¡Ya está bueno con la guachafita! La dejamos a ella aquí, con la camioneta sin llaves y nos vamos con el Sapo que debe estar por llegar. Con esta camionetota, y con la cara de malandros que tienen ustedes, nos caemos con los pacos en la primera esquina”- sentenció autoritario.

A los pocos minutos, Conchita los vio a todos montarse en una vieja ranchera color vinotinto e irse del lugar a toda velocidad y finalmente respiró ella un poco de calma. Le dolía mucho el golpe en la cabeza y casi no podía ver de lo hinchados que tenía los ojos de llorar. Al componerse un poco y detener el sangrado de la herida que le dejaron, Conchita repasaba en su mente la pesadilla que acababa de vivir. Daba gracias a Dios por seguir viva y por haber atravesado aquella experiencia relativamente intacta, a pesar de la horrenda situación en la que ahora se encontraba.

Sin embargo, al tratar de moverse de su asiento, Conchita notó algo muy raro de lo cual no se había percatado hasta ese momento: su ropa íntima y el vestido entre sus piernas estaban completamente empapados como hacía mucho tiempo, más del que Conchita hubiese deseado, no le había ocurrido. Ni con el más apasionado de sus amantes.

Una imperceptible sonrisa le iluminó el rostro y Conchita levantó la mirada confundida hacia la carretera de polvo que llevaba a aquel vertedero de basura.

Pero la vieja ranchera ya se encontraba lejos.


por David Cerqueiro R.


Publicado en el diario El Universal el día lunes 19 de marzo de 2012:
http://www.eluniversal.com/opinion/120319/conchita

martes, 28 de febrero de 2012

La madrugada de Humberto

A Humberto José le gustan las mujeres brinconas, el ron barato y las peleas sin sangre. Por unos principios en contra del sistema muy arraigados, nunca trabajó en su vida y de sus problemas siempre culpó a su tía abuela quien lo crió soltera.

Una vez, cuando se devolvía a buscar su cédula olvidada en un centro hípico de Plaza Venezuela, encontró a su compadre sin un zapato, muerto sobre una mesa de pool, con cuatro tiros en el tórax y con una cuenta pendiente por tres servicios de Whisky. Eran apenas las once de la mañana.

Lo positivo de Humberto José es que nunca perdió esa chispa infantil que lo hacía popular entre las mujeres. Se reía de los chistes con ganas y siempre daba crédito a quien se los había contado. Como amigo era relativamente fiel, siempre prestaba dinero y escuchaba incansable las borracheras lloronas de sus amigotes, pero su fidelidad solo duraba hasta que se atravesaba, entre él y su compadre de turno, una falda nueva.

Humberto José nunca votó en las elecciones porque “todos los partidos son la misma vaina” decía. Y nunca terminó el bachillerato porque “soy muy flojo pa’ estudiar” explicaba. “Lo mío es trabajar” remendaba siempre defensivo, aunque jamás nadie le conoció un empleo.

Su ética sobre el ecosistema, el mal vocabulario frente a los niños y el maltrato animal era intachable. Por esto algunos le decían El Monaguillo; “porque se las da de buen tipo” contaba un valet parking de un famoso puticlub del centro.

Humberto José ya se acercaba a los cuarenta años y su tía madre le recordaba incansable, todos los días, que enrumbara su vida. “¿Puedes creer que hoy mi vieja me vino a levantar a las diez de la mañana?” conversaba indignado con un amigo sobre una barra con pepitonas, mientras estiraba la cuenta fiada que aún le quedaba en ese bar. “Esto es el colmo ya” sentenciaba obstinado.

Humberto José era, pues, un espíritu libre.

Una madrugada, tempranito, Humberto José estaba recolectando dinero entre los que quedaban de sus amigos a esa hora, para comprar Whisky donde una viejita que a cualquier hora vendía clandestina cerca de aquel bar, siempre y cuando le regalaran, sin falta, un poco de marihuanita.

Repentinamente el cuidador del bar, un señor mayor de color negro oscuro con unas patillas que conectaban con un canoso bigote colorado de nicotina, y quien siempre mantenía bajo su silla de plástico una cabilla envuelta en mecate, les ordenó a todos que hicieran silencio mientras le subía el volumen a su radio AM.

¡Noticias de último minuto! Un grupo de militares se había alzado contra el gobierno de turno y habían intentado un golpe de estado. El palacio de gobierno se encontraba rodeado de tanquetas militares y nadie sabía bien cuál era el status de la situación. Las garantías se habían suspendido y nadie podía salir a la calle hasta nuevo aviso.

Humberto José escuchaba atento a sus amigos quienes especulaban sobre la inestabilidad del actual gobierno, sobre los antecedentes de aquellos militares y sobre quiénes eran los responsables de todo aquello. La atmósfera del bar se impregnó de charla política con un poco de miedo mientras se escuchaban sirenas de policía que pasaban por la avenida y disparos aislados a lo lejos.

La madrugada había cambiado su tono y la incertidumbre, como un bolero inédito, ganaba terreno poco a poco. Un compadre de toda la vida se le acercó a Humberto José y le preguntó qué harían ahora. Humberto José lo pensó por varios segundos, se ajustó el pisa corbata que le regalara su verdadera mamá de primera comunión y respondió:
“Traigan el monte pa’ la vieja, que yo de política no sé nada”.

Y salieron todos por la puerta.



por David Cerqueiro R.



Publicado en el diario El Universal el 5 de marzo de 2012: http://www.eluniversal.com/opinion/120305/la-madrugada-de-humberto

jueves, 16 de febrero de 2012

Café

De las 180 tazas que me tomé esta mañana/
solo 100 me restan por el día.
Y de las 90 cucharadas de azúcar que les echo/
hoy, por salud, solo 45 podía.

Aunque de cafeína ando alzado por la vida/
no dudo en detenerme a saludarte mi querida.
Que de tu cara siempre me quedó la honda mirada/
y de tu cuerpo, siempre, la dulcísima caída.

No llores más por ese hombre, imberbe amigo de la teína/
pelele, poco hombre y lamedor de sacarina.
Ven conmigo a consolarte y te prometo que cambiaré/
todas tus lágrimas aguadas por cerreras gotas de café.


por David Cerqueiro R.


Publicado en el diario El Universal el 20 de febrero de 2012: http://www.eluniversal.com/opinion/120220/cafe

lunes, 6 de febrero de 2012

Caramelo

Envuelta en caramelo la encontré a ella un día, empegostada del melado de sus recuerdos.

Envuelta en caramelo me la traje a casa, sobre mis hombros incansables de su azúcar.

Y así la mantuve por años a escondidas de las hormigas.

Cuando le pegaba el sol, su sonrisa tímida se veía por debajo de su cubierta.
Al igual que sus ojos negros que parpadeaban dificultados por el almíbar.

A veces íbamos al parque, a veces al cine. Y nunca quiso ella que le invitara golosinas.

Hasta que un día, en medio del patuque, le dije que la quería. 
Y fueron más calientes sus besos que el caramelo que se derretía.


por David Cerqueiro R.



Publicado en el diario El Universal el 13 de febrero de 2012: http://www.eluniversal.com/opinion/120213/caramelo

lunes, 19 de diciembre de 2011

Captura


Normalmente a Maykel Manuel no le importa atracar a nadie donde sea, a la hora que sea. Pero esa mañana algo extraño ocurría que lo mantuvo muy pensativo sobre su usual actividad delictiva. 

Como de costumbre lo importante era mantenerse en movimiento, no mirar a nadie fijamente a los ojos y siempre con las manos abajo. Evitar movimientos bruscos y estar siempre alerta a todos los detalles. Porque nunca se sabe cuando es que aparece la oportunidad para “entrompar”. 

La ciudad estaba calurosa y húmeda y el gentío estaba particularmente alborotado ese día. La basura de hace una semana se arrumbaba en las aceras de concreto roto, y el olor de esta se colaba hasta los mostradores de los comercios vecinos, a quienes parecía no importarle mucho. 

A Maykel nada lo distraía cuando salía a trabajar. Ni el intolerable ruido de los carros, ni el calor, ni la basura. Más bien todo esto lo ayudaba a enfocarse en su tarea. Después de todo lo único que conocía Maykel era la calle. 

Por fin apareció uno. Un carajito catirito con cara de sifrino, con una cámara de fotos de esas grandes que le colgaba del cuello. ¡Semejante pendejo! Con esa camarota tan boleta, lo que está es rogando que lo robe. -Pensaba Maykel-. 

El ingenuo fotógrafo observaba con curiosidad los detalles de la arruinada pero valiosa arquitectura del centro histórico de la ciudad. Se detenía evidente en algunas esquinas y fotografiaba cosas aparentemente sin interés alguno. Era obvio que no era de la zona y que no conocía el riesgo al que se exponía. 

¿Qué estará foteando la bruja esta? – reflexionaba Maykel- Ahora sí no lo perdono. 

Con la agilidad y la ligereza de un gato, cruzó Maykel la congestionada calle y siempre dentro del punto ciego de la retaguardia de su víctima. Mientras más lo observaba, a Maykel le intrigaba lo fácil que parecía ser aquella oportunidad, pero más aún, le comenzaba a intrigar lo que hacía aquel imprudente fotógrafo. ¿Qué sería lo que tanto le interesaba? ¿Cómo es posible que se exponga de esa manera, en una zona tan peligrosa, solo por tomar fotos de un contenedor de basura? ¿Será que se está burlando de mí? – Seguía reflexionando Maykel-. 

Al doblar en una de las empinadas esquinas, fue que Maykel escogió el momento de enfrentar a la inevitable presa. ¡Dame la cámara o te mato ya mismo! –Amenazó intimidante Maykel, mientras se levantaba la franela y dejaba ver la cacha de una pistola dentro de sus pantalones dos tallas más grande-. 

El fotógrafo aterrorizado, se quitó la cámara que le colgaba del cuello y se la entregó temblando. ¡Y dame la cartera también! – Remató Maykel. 

El pobre fotógrafo no tenía palabras y no supo sino obedecer a aquel despojo sistematizado. 

¿Y qué es lo que estás fotoeando tú por aquí payaso? – Preguntó Maykel altanero. Algo que nunca hacía con sus víctimas. 

El fotógrafo confuso no respondía y solo pudo hablar cuando Maykel le mostró insistente la cacha de su arma. 

Son para una exhibición de fotografía. –Respondió temeroso el fotógrafo-. 

¿Y que vas a exhibí tú, si aquí lo que hay es mierda?- Dialogó extrañamente Maykel-. 

Hago un trabajo sobre fotografía urbana. Y esta zona tiene mucho contenido visual. Si en algún lugar hay para hacer fotos buenas del tema, es aquí. – Completó el fotógrafo-. 

Maykel pausó por un momento. Se aseguró paranóico que nadie los veía y le preguntó al fotógrafo: No es que a mí me importe un carajo lo que tú hagas, pero ¿si yo quisiera hacé fotos yo mismo, cómo es que hay que hacé? 

El fotógrafo controló el miedo que tenía, respiro hondo y ya un poco más compuesto explicó tímido: Las cosas del día a día, son las más valiosas para fotografiar, porque en ellas está la historia de la gente, el paso del tiempo y sus circunstancias. Un camión viejo, por ejemplo, si lo ves con detenimiento, te das cuenta de toda la historia que tiene consigo. Eso es lo que yo trato de capturar. Si tú quieres, puedes hacerlo también. 

Maykel retrocedió desconfiado cuando escuchó al fotógrafo hablar de esa manera. Volvió a chequear si alguien los observaba y se movía nervioso. Era evidente que Maykel quería seguir hablando sobre eso de la historia de las cosas y de capturar a no sé quién. 

El fotógrafo al reconocer esto continuó: Escúchame, vamos hacer lo siguiente: Yo te regalo esa cámara para que tomes tú fotos, si así lo quieres. Te prometo que no le diré a nadie lo que pasó. 

Bueno esta cámara es mía ya. A mí tú no me estás regalando nada – Replicó defensivo Maykel-. El fotógrafo permaneció en silencio. Maykel titubeó por unos instantes y de repente le tiró la cartera que la había quitado al fotógrafo contra el pecho. 

No vuelvas a vení por aquí así, que otro viene y te mata por menos de esto – Agregó antes de salir corriendo-. 

Horas más tardes, se encontraba Maykel lejos del centro sentado en el banco de un centro comercial. Pensaba sobre lo que había dicho aquel fotógrafo de las cosas del día a día. Le impresionaba que alguien pudiera interesarle de esa manera la sucia calle. Observaba la cámara que le habían “regalado” y meditaba sobre su vida. Imaginaba cómo podía él ser un fotógrafo famoso, rodeado de modelos y saliendo en revistas populares. “Maykel captura el día a día como nadie” -Imaginaba de titular de una revista sobre una foto suya-. 

La tarde caía y el calor comenzaba a menguar. El pululante tráfico ya disminuía su perenne escándalo y la calma se asomaba paulatina por la ciudad. 

Maykel pensó que aquel fotógrafo era buena gente después de todo y pensó que no todos merecen ser robados violentamente. Que tal vez la culpa no sea de la gente como él y que tal vez se podía hacer otra cosa. Algo nuevo. Aunque Maykel no estaba seguro de qué. 

En ese instante, venía caminando hacia él una hermosa chica hablando por su teléfono móvil y contoneando su bella figura. Tenía aspecto de extranjera y su cabellera era de amplios bucles rubios. Una princesa imposible pensó Maykel. Mientras más se acercaba ella, más la detallaba Maykel y más bella aparecía. 

La hermosa chica conversaba agitada con el que parecía ser su novio. Y al pasar indiferente frente al banco de Maykel recalcaba ella dentro de su conversación telefónica: Ay menos mal que le regalaste la camarucha al mono ese. No puedo creer que se haya creído ese cuento de hacer fotos él mismo. Eres un genio amor -Y siguió caminando ella por donde venía-. 

Maykel se levantó silencioso y dejó la cámara en la basurera que estaba cerca al banco mientras se iba a su casa. 

Porque mañana había que trabajar. 



por David Cerqueiro R. 


Publicado en el diario El Universal el día 26 de diciembre de 2011: http://www.eluniversal.com/opinion/111226/captura

domingo, 27 de noviembre de 2011

Quemado


El papel, como la luz, es blanco porque todo lo contiene.

Las letras que con él se acuestan, lo fragmentan y lo interrumpen para cambiarlo para siempre. Y las palabras que inevitablemente arrumba con el tiempo, lo manchan de caminos chuecos a lugares que existen en otra parte.

Al papel blanco nadie lo soporta porque, como con la luz, tanta verdad encandila. Por eso lo marcan y lo hieren, con tinta indeleble o con teclas cobardes que ni lo rozan, para difuminar la atorrancia de su bestial franqueza. 

También es, como la luz, más rápido que nada. Si tratan de alcanzarlo verán que cuando van, él ya vino calladito para verlos partir. Y el papel no se acumula, como la luz también. Solo redunda sobre sí mismo porque su blanco ya blanco es.

Por eso hay que tener cojones para mirar de frente al papel y, aun sabiendo perfectamente que no tenemos la razón, cercenarlo para siempre con un texto. 

Así como hay que tenerlos para abrir los ojos frente al sol y dejar que nos queme las retinas.


por David Cerqueiro R.

Publicado en el diario El Universal el 5 de Diciembre de 2011: http://www.eluniversal.com/opinion/111205/quemado

miércoles, 19 de octubre de 2011

La resaca de los astros

Curtido de tinta, licor barato y tabaco, en un sótano oscuro de la capital, continuaba Jorge con los plomos de la impresión del pasquín más popular de la prensa de aquellos años.

Sus compañeros preparaban silenciosos los últimos espacios de la columna del horóscopo de la madrugada del domingo, la cual, por cuestiones del azar de aquella mugrosa imprenta, sería de mala suerte para los Capricornio y beneficioso para las cuestiones amorosas de los Géminis.

Los linotipos comenzaban a girar y ya las letras finales estaban aseguradas. Y otra tacita de peltre llena de aguardiente celebraba el fin del arduo trabajo. El amanecer se asomaba y los pajaritos comenzaban a trinar tímidos, en la ciudad que lo había recibido indiferente hacía unos pocos meses. La radio tocaba, con su mala señal, un ritmo de su tierra que aunque se ahogaba entre los ruidos mecánicos de los linotipos, él podía reconocer.

Los designios de los astros se apilaban cada vez más sobre una vieja caja de ron recortada, que servía de contenedor improvisado. El olor a grasa y plomo de la anticuada maquinaria se confundía con el dulce olor a pan recién horneado de la panadería de la esquina, que ya estaba a punto de abrir.

El trabajo aunque era duro, era apasionante. Las líneas de todos los días a veces hablaban de cosas grandes, a veces de cosas pequeñas, pero siempre hablaban de algo nuevo; de algo que aprender. Pero no había tiempo de leer, puesto que había trabajo por hacer y mucho que lograr en poco tiempo, cuando se es extranjero y padre de una familia de cuatro.

A pesar de conocer muy bien cómo se fabricaban de manera artificial las ideas y opiniones que salían de aquel viejo linotipo, y de ser él mismo protagonista de los descarados ajustes que a veces sufrían en pro del espacio del papel, no pudo evitar alargar la mano y leer bajo Virgo, su signo, una frase que sentenciaba: “Hoy es un gran día para ver las cosas con claridad y cambiar el rumbo de tu vida…”.

Esto inquietó a Jorge por un momento. Auque él sabía que de cualquier forma, y a pesar de ser apenas las cinco de la mañana, ya era demasiado tarde para alguien como él pretender alcanzar algún tipo de lucidez. 

Así lo dijeran los astros. 


por David Cerqueiro R.


Publicado en el diario El Universal el día 24 de octubre de 2011: http://www.eluniversal.com/opinion/111024/la-resaca-de-los-astros

domingo, 9 de octubre de 2011

Lo que queda

Lo de Martín siempre fue comer algodón de azúcar con la barba larga, buscar pelea a gente armada y ganar concursos de aguantar la respiración borracho. No rodar en el auto de Sofía toda la noche, escuchando canciones de los Smashing Pumpkins y esperando encontrar algo que hacer en una ciudad fantasma. 

Un día Martín vio en el periódico un anuncio que decía: “Se solicitan masajistas con experiencia, discretas y con buena presencia”. Fue la primera vez, a sus tardes 35 años, que descubrió que esas masajistas no eran tales. Se sintió un poco estúpido por su ingenuidad, pero a Sofía eso le parecía lindo. 

El problema con Sofía era su constante optimismo. Su eterna sonrisa y su siempre impecable rostro. Era tan agradable con todo el mundo que a Martín a veces le provocaba herirla. Con un gesto, con un comentario, con lo que fuera. Solo para verla cambiar. Pero al final, siempre terminaba derrotado, precisamente por el carisma invencible de Sofía. A ella, en cambio, le cansaba un poco que Martín siempre insistía en preguntar cosas que ya él sabía. Pero igual siempre se las respondía con un paciente besito. 

Como de costumbre, después de varias vueltas a la autopista que cruzaba la ciudad, y de media caja de cigarrillos, Sofía se ponía nostálgica a hablar de sus recuerdos de infancia: de cómo celebró sus nueve años en la casa de la playa de su abuela difunta, del ponqué de piña que ella horneaba y de cómo su papá siempre llegaba tarde a las fiestas familiares. Y comenzaba Sofía con la tocadera con Martín. A él esta parte era la que más le gustaba, pues él también era medio nostálgico. 

Mañana era lunes y ambos trabajaban: ella de asistente de un gerente de una empresa de insumos para plomería. Él de profesor de inglés. La vida nocturna de la ciudad no existía hacía años y ellos lo sabían. Los recuerdos de tiempos mejores hacía rato que empezaban a repetirse en la conversaciones. Pasaban los años y cada vez había menos que contar y los Smashing Pumpkins tampoco sacaban ya canciones nuevas. 

Un día, Sofía leyó en el periódico sobre la muerte de un querido amigo de ambos, que hacía años se había ido al este de Europa a trabajar como agente de modelos. Había sido atacado en un callejón de Praga y muerto de nueve tiros en el pecho. Fue entonces cuando Sofía descubrió, a sus tardes 32 años, que su amigo en realidad no era agente de modelos. A Martín no le sorprendió la noticia, pero le conmovía un poco la reacción de Sofía. 

El auto de Sofía rodaba por la autopista nocturna nuevamente y Martín asomaba la cara por la ventana, jugando a inflarse la boca con el viento que le golpeaba la cara. Los Smashing Pumpkins sonaban por las cornetas de adelante, porque las de atrás hacía tiempo se habían dañado, y Sofía fumaba. Todo estaba muerto, nadie estaba en ninguna parte. La ciudad permanecía igual de neutra. 

Pero esto no les preocupaba, ya que ambos sabían que a pesar de todo, siempre les quedaría la nostalgia. 



por David Cerqueiro R. 


Publicado por el diario El Universal el día 17 de octubre de 2011: http://www.eluniversal.com/opinion/111017/lo-que-queda

miércoles, 14 de septiembre de 2011

No sé leer

Nunca leí a Cortazar, ni a Vargas Llosa, ni a Cervantes. Tampoco a Sor Juana Inés. Nunca leí a Chaucer, ni a Allan Poe, ni a Hemingway.

Nunca le he prestado atención a Shakespeare, más allá de los gastados estereotipos sobre sus obras, ni tampoco a Tolstoy o al tal Dostoyevsky.

He podido sin embargo ojear, y de la manera más superficial y desordenada, a gente como Bukowski, como Neruda y como Uslar Pietri. He mediocremente repasado a Rómulo Gallegos y curioseado a otros tantos autores geniales como todos ellos.

Sin embargo le he prestado genuina atención a mis pocos amigos, y me he sumergido en los relatos de mis novias; me he fundido con la charla moral de mis familiares y he sopesado hasta el más absurdo de los comentarios de cualquier desconocido. He respirado sin dar por sentado el aire que me infla, y he caminado sin despreciar los pasos olvidados. He cerrado los ojos sin esperar volver a abrirlos, y me he emborrachado sin motivo. De verdad, lo he hecho.

También he besado mujeres como si me fuese a la guerra, y me he peleado por la mayor de las tonterías. He mentido sin escrúpulos y me he confesado sin que me amenazaran de castigo. He olvidado lo que siempre he vivido, y he recordado lo que siempre soñé. He llegado a conmoverme al ver la brisa y me he entretenido viendo basura en la televisión.

He sentido la debilidad de quien le teme a la incertidumbre, y me he intoxicado con la certeza ciega de lo que he creído. He gritado, ofendido y halagado y he comido más de lo debido. Y con la panza llena y adolorida, me he servido un pedazo de torta.

Lamento no poder haber leído como me dicen que he debido; pero es que he estado ocupado viendo con mis propios ojos y escuchando con mis propios oídos.

Y sobre eso, ahora escribo.


por David Cerqueiro R.

domingo, 21 de agosto de 2011

Realidad

Dos filósofos venían conversando por la calle sobre la realidad. 

Esgrimían toda clase de preguntas sobre qué era esta, qué la definía, o hasta dónde llegaba. Cómo el ser humano podía estar seguro de qué es y qué no es real, entre otras tantas indagaciones. Mientras más caminaban, más complejo se hacía el tema de su conversación y más complicadas sus explicaciones.

Uno de ellos afirmó: - La realidad debe ser percibida por una mente humana para poder ser tal. A lo que el otro filósofo respondió: - Pero ¿cómo sabe la mente humana que lo que percibe es verdadero? Y así continuaban su conversación, densa, amena y cada vez más sofisticada.

A medida que caminaban, no se percataban de la gente a su alrededor, quienes los veían como excéntricos pensadores; artesanos del pensamiento. Estaban los filósofos tan absortos en sus ideas, que no se daban cuenta ni del ruido de la ciudad a su alrededor, ni de los automóviles, ni los edificios, ni de los animales. Ni siquiera del extraño viento amable que acariciaba a aquella tarde.

Repentinamente, uno de ellos, mientras explicaba muy articuladamente su honda reflexión sobre la relatividad de la existencia humana, tropezó descuidado con las raíces de un árbol grande que sobresalían, invencibles y tercas, a través de la acera de concreto por la que caminaban.

El filósofo cayó aparatosamente de cara sobre el sucio suelo de la calle. Su compañero alarmado fue a auxiliarlo en caso de haberse lastimado gravemente. Al ayudarlo a levantarse y asegurarse que solo había sufrido un leve raspón sobre la frente y un superficial golpe en la rodilla, le preguntó: ¿Continuamos?


A lo que el ya repuesto filósofo contestó: Nah, mejor vayamos por unas cervezas y unas muchachas.


por David Cerqueiro R.

Publicado en el diario El Universal el 29 de agosto de 2011: http://www.eluniversal.com/2011/08/29/realidad.shtml






domingo, 31 de julio de 2011

Relato para titiriteros


Cansado del roce de las cuerdas y de la caja donde terminaba después de la función de todos los días, una vez, un títere quiso ser titiritero.

No era la grandeza de su amo, ni el poder de su control lo que lo atraía a tomar su puesto, sino la libertad de la que él gozaba al no tener a nadie que lo manipulara.

Y fue por el hábil uso de las cuerdas que alguna vez fueron sus cadenas, y por nunca delatarse durante su cruel show de pelele, que un día supo derrocar al viejo que parecía invencible.

Después de un tiempo, comenzó a extrañar a sus colegas títeres, que aún permanecían esclavos de otros titiriteros. Cuando los saludaba desde lo alto, estos le replicaban con amargos comentarios o con cínicas burlas por su ambicioso escape. Para ellos, resultaba ridículo pretender no ser un títere, cuando se tienen las coyunturas de tornillos y la cara de madera.

Solitario, el títere dueño de si mismo descendió a los escenarios del mugriento suelo público, se ató en las extremidades unas falsas cuerdas y bailó la vieja música que alguna vez fue su condena. Todo para no ofender a sus viejos compañeros y volver a la agradable camaradería que se respira cuando todos padecen de lo mismo.

Pero todo esto resultaba inútil. No importaba cuánto bailara, o qué tan amarrado permaneciera, siempre podía verse en su cara el sutil gesto de aquel que ha probado la verdadera libertad.

Y eso, nadie se lo pudo perdonar.


Por David Cerqueiro R.

Publicado en el diario El Universal el 08 de agosto de 2011: http://noticias.eluniversal.com/2011/08/08/relato-para-titiriteros.shtml