lunes, 31 de mayo de 2010

Oda daltoniana

Roja es la manzana que engulliste golosa, mujer, y por eso roja es la alarma que brota cada veintiocho días de ti para recordarte que el tiempo no te pasa en vano. O al menos eso nos dijeron. Rojos eran tus labios que manchaban etílicos el cuello de mi primera camisa, mientras me besabas atorada y encendida en un arrebato hormonal adolescente. Rojo es el capote con el que se asusta al toro y roja es la arena después de que este, después de darlo todo, es mutilado por el vino, rojo también, del paso doble ocioso.

Roja es la marea que nos enseña, que en este mundo la misma mano que nos alimenta es la misma que nos asfixia, así como roja es la aurora que se levanta soberbia sobre el espacio nórdico y nos dibuja los límites de nuestro cielo. Roja es la piel de los indios que matamos y después ridiculizamos en nuestros libros de historia, así como roja es la atmósfera del planeta que soñamos un día vendrá a modernizarnos, con la esperanza de no correr la misma suerte de nuestros colonizados.

Roja es la camisa de aquellos que pretendieron organizar al hombre, pero que no pudieron evitar a la vez limitarlo. Roja es la zona donde se alquila a diario el cariño de las mujeres flexibles y de autoestima remendada, así como roja es la luz que esconde las abolladuras de su desengaño. Pero también rojo es el traje de los obispos que desde su atrio condenan miedosos aquella rojez, mientras de negro la visitan sedientos cuando cae la noche.

Rojo es el diablo y su infierno los cuales creamos para describir lo más oscuro de nosotros mismos y rojo es el falso amor, que venden en las tarjetas de cumpleaños con corazones inflados, y de las cuales solo importa el dinero que adentro traigan.

Al menos que por una falta mía, todos estos en realidad verdes sean.


por David Cerqueiro R.

domingo, 30 de mayo de 2010

Mi equipo

No solo son el hombre y su mundo absurdamente insignificantes ante la vastedad del abrumador infinito que es el universo. No solo toda nuestra historia como humanidad, de procesos milenarios de evolución, de guerras, cataclismos y hallazgos, es equivalente a una fracción de la estela de la nada, en comparación con aquella parte del universo, minúscula aun sin embargo, que decimos conocer desde nuestra estúpida y primitiva sensorialidad y arcaica tridimensionalidad.

No solo nuestras mentes más inquietas y más poderosas se auto-aniquilan de facto, ante la mera idea de explorar la noción de la vastedad del imperio total de la naturaleza, en un derrumbe instantáneo y absoluto que no hace más que recalcar lo casi inexistentes que somos, lo ridículos y lo increíblemente innecesarios; incluso en la más micro de las medidas.

Sino, que aunada a esta aparente condena cósmica insistimos, con ahínco y con el poco albedrío autónomo que nos salpicó la creación, en fragmentar en pedazos, increíblemente más pequeños y proporcionalmente más absurdos, nuestra irrisoria especie.

Fabricamos telas de fibras de nuestra tierra, para después teñirlas con los colores del espectro de la misma luz que respira en la bronquia del padre universo y les llamamos banderas. Que porque ondean algunos metros más altas que nuestras cabezas, al golpe del viento de nuestra atmósfera, alimentan la destructiva alucinación generacional de que realmente representan algo.

Nos agrupamos en racimos casi bacteriales que llamamos culturas y de ahí pretendemos fomentar un orgullo excluyente y fragmentario, que no es más que la ilusoria impresión bioquímica de un basiquísimo y supra limitado mecanismo egóico que llamamos mente. Y aunque parezca aún más increíble, dentro de tales racimos creamos más sub grupos, los cuales niegan su pertenencia a cualquier otra cosa que no sean ellos mismos. Intentamos clasificar tales racimos por sus características obvias, como su color, forma y orígen, y cuando estas clasificaciones caducan desde la perspectiva del maleable tiempo, ya sea por sus naturales mutaciones o fusiones con otros racimos, preferimos destruirlos a todos y creamos lo que llamamos guerra. Porque no solo es nuestra actitud ante el infinito sicótica y venenósamente artificial, sino que además es inflexible, aislatoria e implosiva.

Así existimos, si a la pasajera presencia de tal irreducible escala se le puede dignificar con este término, en un tímido chispazo de luz tenue que delimita en sus extremos con inescrutable ceniza y, sin embargo, pretendemos durante ese brevísimo período, capturar y dominar el todo del que ni siquiera comprendemos cómo o por qué es que nos contiene.

Y a pesar de todo esto, un buen amigo se me acerca confiado, bajo la sensación de coherencia que le da su percepción de las cosas y con una ligereza casi conmovedora me pregunta: ¿A qué equipo le vas en este mundial de fútbol?


por David Cerqueiro

lunes, 10 de mayo de 2010

Mil heridas

Nena, cuando te hago llorar no eres tú la que llora, soy yo el que solloza a través de ti. Porque cada palabra mía que provoca tu llanto, es otra vieja espina más que tú logras sacarme. Porque es en tus lágrimas que veo cuán sucias son mis heridas, y es con tus lágrimas también que las limpio. Y todo gracias a ti.

Y, aunque por tu marea terca de querer entenderme, es que tus ojos ya casi oxidan, no descanses mi nena querida, ni te me seques de repente; que es tu dulce paciencia la mejor prueba de que por cada beso tuyo, valen la pena mil heridas de las mías.


por David Cerqueiro

sábado, 8 de mayo de 2010

Si yo fuera presidente

Si yo fuera presidente de Venezuela,
si el destino diera tal vuelco a la necedad,
juro que no me temblaría el pulso
para decir clarita la verdad.

Si me dieran a mí ese honor,
donde se ha sentado tanto héroe
y donde se ha reclinado tanto malechor,
juro que no dudaría un segundo
de dejar para el final lo mejor.

Mi voz sería propagada
por la radio y la televisión
y mi cara retratada
con sonrisota de estafador,
y mis trajes y mi ropa
ya no serían de algodón,
sino de fino lino
del que se compra en el exterior.

Sería todo muy confuso
y todos esperarían de mí
que proclame alguna ley
o que decrete algún festín,
para que todos en sus casas
puedan a sus hijos decir,
con tranquilidad en el rostro
qué bien se vive con David.

Pero juro que no dudara
una vez montado todo el tarantín,
de convocar todos los micrófonos,
todo periódico y pasquín,
para dejar bien clarito
en español claro y audible
que en Venezuela todo remedio
ya resulta inservible.

Porque la enfermedad que nos azota
desde hace más de tres siglos
no tiene nombre de campaña,
ni bandera ni partido,
porque así traigamos al chivúo
a encargarse de este lío
estoy seguro que otra cruz
alzaríamos con brío.

Y cerrara mi discurso,
el único de mi período,
con una fresca invitación
a todo el que paró su oído,
mientras dejo en el suelo el paltó que me han medido:

Me voy a mi casa a seguir trabajando,
a escurrirme la desidia y a no seguir peleando;
a ahorrar para el futuro y a no beberme el aguinaldo
y a respetar las luces y a darle al otro el paso.

Me voy a donde mi novia que tiene tez trigueña,
que tiene una hermana rubia y tiene una prima negra;
a pagar los impuestos y a no botar basura,
y a prender la luz de mi casa
que hace rato que está oscura.

A educarme primero para crecer después,
y arreglar los valores que dejé al revés;
a respetarme a mí mismo y a creer en usted
y comenzar a tratarnos como gente de pie.

Porque si los que me escucharan
entre tanta politiquería,
hicieran lo mismo así sea una vez al día,
nos dieramos cuenta aunque a regañadientes,
que en este país,
lo menos que hace falta
es que venga otro presidente.

por David Cerqueiro

publicado en el diario El Universal el 13 de mayo de 2010: http://www.eluniversal.com/2010/05/13/opi_art_si-yo-fuera-presiden_13A3877405.shtml

viernes, 23 de abril de 2010

Un breve intento ontológico

Soy los cumpleaños infantiles en un parquecito en Caracas con Serenata Guayanesa, quesillo, torta y gelatina con papelillo. Soy los muñecos de los amos del universo con los personajes traidos de Estados Unidos de las temporadas que no transmitían en Venezuela, pero siempre sin He-Man. Soy los G.I. Joe, soy el extrañísimo Atari 7800 , soy el Nintendo de imitación, el Super Nintendo y las trescientas señoras de servicio que pasaron por casa, robaron y se fueron.

Soy el chamo nuevo en el colegio, en el edificio, en la urbanización, en el pueblo. Soy el de apellido raro, de cara familiar y actitud ajena. Soy el que escuchaba power metal cuando todos bailaban tecno-merengue. Soy el que tocaba blues cuando se cansó de pretender que era de Seattle y el que disfrutó la Salsa cuando entendió que para el blues no era lo suficientemente americano ni negro. Soy el que se rapó el coco, se decoloró el pelo y creció un afro en 1997; probó todas las posibilidades de barba, se martirizó el cuero cabelludo con dreadlocks, se perforó las cejas e incluso se las afeitó. Soy el pana de todos y el amigo de nadie. Soy el Jeet Kune Do, soy la filosofía, el cine de autor y los Beatles de manera intransigente. Soy los no-deportes, la magia, el ajedrez y soy el ron con Coca Cola. Soy el que nunca tuvo ni muchas ni pocas novias y niguna duró más de un año. Soy el que no es gordo, ni flaco, ni alto, ni enano, ni rico, ni pobre. Soy San Antonio de los Altos, soy Caracas, soy el Metro, soy la noche, la fotografía y el video.

Soy la tertulia política que se cercenó del resto, con valentía pero con dolor. Soy Krishnamurti, Bolívar y Lennon. Soy ocho pares de zapatos Adidas, soy el altanero que al final solo quiere paz, soy Arturo Uslar Pietri, soy Alemania, soy España y Colombia. Soy el chiste bueno que nunca habías oído porque recién lo inventaba, soy el hermano menor, soy el mayor y soy el catire. Soy la música hábil, la tendencia irreverente y la conservadora disciplina en el quehacer artístico y de ahí la incansable crítica a la estupidez farsante. Y a veces soy el primero de la farsa. Soy la quinta pata del gato porque las otras cuatro hipnotizan, soy la contradicción sin complejo, soy la franqueza brutal y terrorista y el orgullo en extinción. Soy el que conociste hace unos años, te saludaba amigablemente, pero nuca supo tu nombre y está seguro de que no recuerdas el suyo tampoco. Soy el que respeta el intelecto antes que la fácil fortuna y el que, a pesar de tener la razón muchas veces, permaneció callado. También soy el que habló cuando no debía, el que cantó cuando no podía y el que se leyó todo el libro a pesar de que no entendía.

Y sin embargo, a veces no sé quién soy.

por David Cerqueiro

lunes, 12 de abril de 2010

No soy

No soy chavista y no soy escuálido. No soy católico y mucho menos romano. Tampoco soy ateo, cínico o resignado. No soy rico ni soy pobre ni tengo apellidos de gran renombre. No soy europeo ni soy asiático, tampoco indígena, negro o americano .

No soy tu amigo ni soy tu hermano, no soy tu amante, ni tu novio, ni tu esclavo. No tengo rencor ni tengo afecto, ni tengo interés por lo que es cierto. No tengo fama ni reputación, ni tengo ganas de oir tu opinión. No soy de aquí, no soy de allá ni pertenezco a una sociedad. No espero nada y nada dejo, no escucho voces ni mensajes en el viento. No creo en ti ni en los tuyos, ni creo en eso que llaman futuro.

No creo tampoco en el pasado que todos los días cambia. No me señales ni me busques, ni trates de esculpir mi nombre. No pretendas que me conoces y ni siquiera intentes ignorarme. No me llames ni me mentes ni dejes tampoco de invitarme, porque en el momento que algo de esto ocurra, ya no estaré.


por David Cerqueiro.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Things we said today

Crecí escuchando los Beatles, porque en mi casa eran considerados casi una religión. En ellos se personificaba la gloria de la juventud, la genial irreverencia y la autonomía de las ideas propias en antagonía al rígido status quo de la Europa post guerra. Claro que todas estas connotaciones no las pronunciaban así en mi casa; allá sencillamente todo lo que hicieron los Beatles era considerado como perfecto.

Sin embargo, con el tiempo y después de años de reflexión sobre el tema, llegué a entender que de los Beatles había que aprender una escurridiza y difícil lección: No ser como ellos.

Porque la idea de la historia, si existe tal cosa, es aprender de ella para mejorar el día de hoy, sin negarlo y sin relegarlo a un segundo lugar ante la resabida experiencia de aquella. Y no para permanecer en un cretino estado mental en el que todo lo presente vive a la sombra del pasado.

Porque los héroes de antes son tales, porque vivieron su tiempo y su espacio a plenitud. Aunque muchos de ellos macerados por la innegable sabiduría de la historia, siempre lograron mantenerse actuales y reales. Es decir, gente seria.

La idea de que todo en el universo es un constante fluir donde nada es estático, es reconfortante para esta perspectiva. Y son las mentes de las personas, estancadas en sus paradigmas y conclusiones absurdas las que oponen la verdadera resistencia al fluir natural del todo.

Así, pensar que como los Beatles no existirá otra banda nunca más, es totalmente cierto. Y mejor así. Porque los Beatles fueron una banda de los años sesenta, que hicieron lo que hicieron en su momento y ese momento no se va a repetir nunca más. Sencillamente porque los años sesenta quedaron detrás de los setenta y estos de los ochenta, noventa y estos detrás de nosotros. Aunque nuestra mente insista en saltar a otras décadas como si fuesen pistas de un reproductor de música, por su estúpida necedad de reconstruir el placer que conllevan las memorias, el hecho es que seguimos fluyendo en un constante hoy que debe de encontrar su propia voz, cara y manera de caminar.

Y en el presente solo veo fútiles intentos de reproducir lo pasado, de levantar de las cenizas las glorias de anteayer, de convertir la nostalgia en lo actual, en un destructivo revisionismo cultural y espiritual que no hace sino empañar y sofocar lo único que en realidad sabemos que existe: Hoy.

Sin embargo sigo escuchando los Beatles como siempre lo he hecho y parezco nunca cansarme. Creo que es porque reconozco constantemente en sus canciones, ese bravo espíritu de actualidad que parece haberse manifestado por última vez hace más de cuarenta y cinco años.


por David Cerqueiro

Publicado en El Universal el 21 de Marzo de 2010: http://www.eluniversal.com/2010/03/21/opi_art_things-we-said-today_21A3614935.shtml

martes, 23 de febrero de 2010

El jardín del vecino

¿Qué hace la gente con sus vidas después que le da la vuelta al mundo? Porque alguien que tiene la motivación de recorrer el mundo entero, y lo hace, es alguien que ambiciona experimentar y aprender cosas nuevas, y por alguna razón piensa que al final de todo eso hay algo más que vale el esfuerzo.

Si no ¿por qué se plantea recorrer todo el mundo? ¿por qué no le bastan, por ejemplo, solo tres cuartos del mismo? ¿por qué esa ansiedad de poseer la totalidad? Sin duda este tipo de gente debe sentirse un poco idiota después del viaje.

"El jardín del vecino siempre es más verde", dice un antiguo refrán judío. Y no solo el jardín, sino que su mujer está más buena, sus hijos son más simpáticos e inteligentes y su carro más nuevo. En resumen: el vecino es más feliz. Al menos eso le parece a la mayoría de la gente, y de esta incómoda sensación se desprende la aparentemente natural respuesta de querer más. Más y mejor.

En este "querer más" va incluida la necesidad inexecrable de lo nuevo. Porque lo nuevo estimula y fascina más que lo usual, que lo familiar que nuestra amoldada mente convierte en algo monótono, rutinario y ultimadamente muerto. No solo queremos más sino también tiene que ser novedoso. Con el tiempo, esta idea se convierte en una mentalidad y esta, a su vez con más tiempo, produce en sus complejas estructuras ciertos patrones de ambición, necesidades e intereses. Estos automáticamente se reflejan en comportamientos que llevan a cierta gente a cometer estupideces tales como planear en una agencia de viajes un crucero alrededor del mundo sabe Dios para qué.

Entonces ¿después de dicho viaje qué ocurre? Dicen que los astronautas después de que fueron a la Luna por pirmera vez, se someterieron a rigorosos tratamientos sicológicos para restablecer su "desinterés por la vida". Porque claro, alguién que se mató estudiando alguna ingenieria por varios años y después realizó estudios de post grado y doctorados, todos con una altísima excelencia académica de esfuerzo y tesón y mantuvo su estado físico y mental a raya por décadas para ser incluído, finalmente, en el ultra exclusivo grupo de los que van a la Luna, despues de ir allá para traer piedras y un poco de tierrita, debe sentirse como el niño al que le dicen que su tío Jaime, el alcohólico, es el Santa Claus de todos los años.

Al menos los astronautas tienen el consuelo de que el universo aparentemente es infinito, y a su ambiciosa percepción de la vida ahora es que le queda rato para saciarse y volver a comenzar. Como es usual con la ambición. Pero a los que, con aquella mentalidad, van a Asia y regresan después de tres meses, ahora estoy más que convencido, les debe quedar por dentro esa vocecita atorrante y amarga que les pegunta seiscientas veces al día: ¿cómo estará el vecino?

por David Cerqueiro






martes, 2 de febrero de 2010

51 días para Anabella

Te cuentan las horas y te cuentan las medias,

te crían con Samba y te acurrucan con Metal.

Tus padres cariocas te leerán novelas,

a veces en Brasileiro, a veces en German.


Porque vendrás a tierras heladas

donde no hay ni pandeiro ni Ipanema

y tu primera palabra

tal vez sea wetter.


Pero no importa preciosa

así vengas de sorpresa,

a esta extraña tierra

de personas inmensas,

el amor que te espera

no tendrá mesura

y tampoco tendrá lengua.


Porque tu madre solo anhela

viendo la nieve en la janela,

que se terminen los días

para que llegues dulce Anabella.


a Dago y Cinthia

por David Cerqueiro

martes, 26 de enero de 2010

Desnuda en sus perlas

Desnuda en sus perlas
voltea a mirarme
,
y no logro cansarme

nunca de verla.

Desnuda en sus perlas

me deja imantado,
y de un solo bocado
me provoca comerla.

Y no existe duda

que lo mejor de tenerla,
es admirarla desnuda
en su collar de perlas.


por David Cerqueiro

viernes, 1 de enero de 2010

Caracas

Después de más de cuarenta y cinco minutos de tráfico estático en una arteria principal de la ciudad, el Jazz Big Band de la emisora cultural y el aire acondicionado del carro nuevo, pero chocado, dejó de ser suficiente para escapar al agobio.

De todas maneras, ya me parecía ridículo seguir haciéndome de la vista gorda ante la pólvora del resentimiento social de una ciudad como Caracas escuchando Jazz pavoso. Ochenta por ciento de pobreza extrema en el cuarto país exportador de petróleo del mundo, y yo apreciando los matices del conflicto negro norteamericano a través de su historia musical con aire acondicionado. Ridículo.

Coloco el dedo en el gatillo de la ventana del conductor y pienso si será prudente bajarla y exponerme a los deliciosos 29 C° que están haciendo afuera, junto al índice de muertes por crímen más alto de Latinoamerica, la ola de secuestros, la basura, los mendigos y la excesiva contaminación sonora.

Bajo el vidrio y expongo mi vida por un poco de aire fresco y sol de verdad. En Europa, como todo el mundo sabe, no sale el sol. Y yo que allá vivo desde hace dos años y medio, trato de disfrutar el sol de Caracas lo más que puedo; así me cueste la vida.

Me pongo a pensar que en esta ciudad nacieron grandes genios de la historia, figuras mundiales que ennoblecieron la estirpe ambigua del género latinoamericano ante la tradicional mirada desdeñosa del viejo continente. Pienso que aquí en Caracas nace la gente cargada de una luz divina que no se ve en todas partes, y rápidamente subo el vidrio porque veo a un tipo raro que se acerca a pedir dinero y no me gusta la pinta que trae.

La cola avanza 10 metros. Un señor me tira su gigantesca camioneta Bronco y me corta el paso brutalmente, obligándome a frenar bruscamente o a chocarlo. Conozco a esos sujetos de grandes camionetas, armas de fuego y barrigas de embarazada. Dicen que son así porque tienen el pipí chiquito y les gusta compensar. Yo estoy de acuerdo. De todas maneras mis gritos violentos de frustración vial se ahogan en la privacidad de las ventanas cerradas del carro de mi mamá y no ocurre ninguna novedad.

Por fin entro a la autopista y observo una montaña llena de ranchos de la gente muy pobre e imagino como será vivir en uno de esos: Chozas de madera y láminas de zinc. Tenía tiempo sin ver ese paisaje. Realmente reflexiono sobre el asunto y logro ponerme en sus zapatos casi conmovido, pero inmediatamente otra camioneta me corta el paso y me forza a concentrarme en el salvaje tráfico. Pero esta vez era una Hummer manejada por un tipo mas gordo que el anterior. Pipí más chiquito.

Sigo manejando resignado y contemplo el majestuoso cerro el Ávila, patrimonio natural del país. Antiquísimo objeto de culto religioso de las culturas indígenas del pasado, centro de energía único en el mundo entero y, según los más atrevidos, base de operaciones de presencia extraterrestre. Una maravillla de la naturaleza. A la vez me cambio de canal lentamente para ir arrimándome dirección a mi casa y de repente, al entrar a un puente, lo usual: Más tráfico.

Esta vez parece ser más estático que el anterior. Ya llevo media hora de retraso a un almuerzo familiar y apenas estoy entrando a la autopista. En la radio suena Charles Mingus y el aire acondicionado empieza a enfriar de nuevo. Coloco el dedo en el gatillo de la ventana, veo el cielo azulísimo de la ciudad donde nací y pienso si valdrá la pena, otra vez, jugarse la vida de esta manera.


por David Cerqueiro

viernes, 27 de noviembre de 2009

Serra Comadre

Serra comadre,
serra compadre
na madeiriña
do señor abade.
Señor abade,
vaia con “dios”,
que a madeiriña
serrámoslla nós.

A mi abuelo José.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Nena

Junto a ti soy un bote
que se mece sobre la marea de tu respiración serena.

Y mis brazos, ya dormidos,
son dos remos que reposan sobre tu dulce oleada que he de remar por la mañana.



por David Cerqueiro R.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Yo no hablo con artistas

Aristóteles dio a entender que el Arte es de las actividades del pensamiento humano la más importante.

Es a través del Arte, que la percepción que el hombre tiene de sí mismo en relación con su entorno, se perpetúa en el tiempo para trascender lo inmediato. Y es a través de la actividad artística que se representa una civilización y se llega a conocerla. De ahí el carácter sublime del Arte cuya responsabilidad recae sobre los artistas.

Lamentablemente, hasta el día hoy no he tenido el placer de conocer al primero de ellos.

Aunque he conocido músicos, pintores, escritores, fotógrafos y cineastas, he conversado con bailarines, con poetas, con actores y con cantantes y también he podido interactuar con ilusionistas, contadores de historias y diseñadores que defendían a capa y espada su profesión artística, en ninguno de ellos pude ver el Arte del que Aristóteles hablaba.

Lo que si he visto, y en demasía, fue una gigantesca obsesión por la atención, una insaciable sed por validar el ego a través del reconocimiento y una incansable y casi romántica voluntad por alcanzar la fortuna. Pero no puedo culpar a nadie de nada.

Porque desde el momento en que el artista utiliza su Arte para subsistir, este pasa a convertirse en un producto o un servicio. Naturalmente. Pero es a partir de ahí cuando la nobleza aristotélica del discurso artístico pasa a un segundo plano. Lo trascendente se subyuga ante la morosidad de la renta del apartamento que se alquila en la zona mala de la ciudad.

De esta manera, el artista se convierte entonces en un mercader de su Arte. Su relación con el mundo y con los otros “artistas”, deja de ser una relación verdadera y se convierte en un desahuciado intercambio de contactos profesionales e información relevante en pro de mantener un soporte para la actividad profesional. Así, indudablemente una re-priorización de las necesidades ocurre en la mente del “artista” y por ende un inevitable ajuste.

Este ajuste lo he visto reflejado en frases de “artistas” que conozco, que aunque profesadas de manera casual en el contexto de una conversación cotidiana, siempre mostraron la realidad de tal ajuste:

“Estoy escribiendo más canciones pop. A final de cuentas eso es lo que vende” Esta frase la escuché de la boca de un músico que conocí por su ahínco en romper con los moldes establecidos de la música popular. “Lo que importa es la calidad de la imagen.”, la escuché de un colega cineasta quien destinó la mayoría de su presupuesto para alquilar una cámara de alta resolución. Los actores, el guión y el contenido eran totalmente secundarios en su producción. Como estas frases he escuchado cientas.

Entonces, el producto resultante de la actividad profesional de estos individuos no puede llamarse Arte. Y con este juicio no puedo ser flexible ni condescendiente.

Porque, si nos aferramos a la definición aristotélica, sin duda el cuadro de mi vecino, que ganó un segundo premio en una exhibición de pintura, porque dos de los jueces habían estudiado con él y porque utilizó técnicas que están de moda, no va a trascender un carajo. Entonces mi vecino ya no es un artista, pasa automáticamente a ser una sanguijuela de la industria del arte y el entretenimiento. Y aunque no es mi intención afincarme en adjetivaciones aparentemente peyorativas, la lógica inmanente en lo antes mencionado no puede ser negada simplemente por gentilismos: Mi vecino es una prostituta del arte.

Una vez enfrentado este hecho, por demás deprimente y espeluznante, queda preguntar lo evidente: ¿Dónde está entonces el Arte y quiénes son los artistas?

Si la definición de Arte, aparte de la postura aristotélica, incluye la expresión proveniente del mundo interior del hombre, sin ajustes convenientes y sin expectativa de la reciprocidad de una audiencia, entonces cualquiera que de manera genuina se dedique a silbar improvisadamente una melodía en el tráfico de la autopista, o cualquiera que dibuje un garabato en la esquina de un periódico mientras espera su turno en el dentista, es un artista.

Y estos fútiles artistas a pesar de producir tal fenómeno de expresión pura, no están conscientes de ello porque tienen el ego, y toda la amplia gama de sus necesidades, involucrado en algo más mundano que no se relaciona con el Arte y por ende no lo contaminan, que se ganan la vida con un oficio concreto que produce un resultado medible y cuantificable y por eso no pretenden determinar la forma, el alcance o la esencia del objeto artístico a través de necesidades económicas o sociales.

Artistas son entonces, aquellos que de manera ingenua alcanzan una conexión interna con su entorno y la expresan a su gusto por el simple hecho de hacerlo y que no esperan nada a cambio. Serían aquellos que logran relacionarse con todos, al menos a través de la expresión artística, sin necesidad de hablar con un vocabulario extraño, vestirse con ropas irreverentes y adoptar una actitud elitista y foránea para aumentar el aura de especialidad que se espera de alguien que supuestamente conecta con un plano tan intangible como el del Arte. En otras palabras, artistas serían aquellos que no pretenden serlo.

Y el arte sería entonces, sencillamente aquello que brota de manera espontánea de dentro del individuo, que refleja su universo interno, que cuando es percibido por el otro transmite aquello que es indefinible, que no tiene nombre y que mucho menos tiene precio. Pero que sin duda alguna trascenderá el tiempo y el espacio para que aquel individuo sea entendido y por último reafirmado como humano.


por David Cerqueiro

miércoles, 22 de julio de 2009

De donde vengo

Vengo de una tierra donde la luz nace y no cesa. Nací en la misma cuna de libertadores del alma, donde genios inmensos y hombres de conciencia infrahumana, forjaron una nobleza que permaneció callada ante la arrogancia de la historia, que nunca se cansó de ultrajarla.

Donde la naturaleza escogió lucirse para demostrar su majestuosa autoridad. Donde el espíritu de las razas se embochincha para generar híbridos hermosos de sonrisas de a toque y voluntades de niño.

Donde se le ordena a los ríos ¡Déjame pasar! En una cotidiana afirmación de la divinidad que nos arropa sin mesura. Donde la virtud brota con brío, en las muñecas de cualquiera que agarre un pedazo de tiza para dibujar un pajarito; o en la garganta de la negra que amamanta a los niños rubios de su servidumbre, mientras canta inspirada.

Donde se le abren las puertas a cualquiera que desee entrar, porque entendemos que en ellos estamos nosotros también. Donde la avaricia, el miedo y la violencia han podido marcar nuestra tez, pero nunca, siquiera, rozado nuestro espíritu. Donde las mujeres, de bellas, contraen el espacio a su alrededor como cuerpos celestes que magnetizan toda existencia que las percibe. Sin esfuerzo y sin vanidad.

Nací en una tierra que existe para enseñar al mundo que lo grandioso y lo sublime no está en los siglos de monumentos de piedra y oro, o en las aberrantes guerras genocidas que hincharon de orgullo a los invasores de otros pueblos sometidos.

Sino, en la semilla de la fruta del suelo que te comes con tu hermano, en la canción que vuela suavemente entre la tórrida ciudad, en la palabra mal pronunciada, que manchada de vida y experiencia, transmite verdad pura sin pretensión ni recompensa, en la mujer hermosa que lleva en su vientre la luz y la cría con los años para que nunca cese. De ahí vengo.


por David Cerqueiro.

lunes, 22 de junio de 2009

Máximas de mi papá

Aunque hace apenas unas horas hablé con mi papá por teléfono por ser el día del padre, hoy recuerdo con un eco elocuente y una autoridad lapidaria, las máximas de vida que él me enseñó durante conversaciones espontáneas a través de los años. Como si hace dos siglos las hubiese proferido en español antiguo.

Verdades absolutas que escapan a cualquier clase de relativismo, que son la esencia de esta vida y que aplican a todo el mundo en todo momento. Porque sí, porque las dijo mi papá.

Estas son algunas de ellas:

  • “Cualquier opción es mejor que la muerte”- De conversaciones existenciales durante el tráfico de la panamericana.

  • “Solo hay dos tipos de mujeres: las que preguntan ¿Otra vez? Y las que preguntan ¿Eso es todo? “ - De charlas verdes entre hombres una tarde en casa de mi mamá.

  • “No hay tal cosa como un diseño estéticamente bueno, o un diseño funcional. Hay diseños malos o diseños buenos” - Sobre la integridad del diseño en general y la mediocridad de ciertos arquitectos en Venezuela.

  • “Esa es la crisis económica, que las obliga a consumir harinas y grasas” - Sobre la abundancia de mujeres regordetas que deambulaban frente al balcón.

  • “Le tienen rabia porque a pesar de tener orígenes humildes, no se avergüenza de ello”- Sobre razones porque la oligarquía venezolana detesta a Chávez.

  • “Si quieres saber como va a terminar tu novia, observa a su mamá” - De consejos sobre relaciones amorosas adolescentes.

  • “Es el punto de vista lo que hace la diferencia” - Sobre conocimientos básicos de fotografía.

  • “¡No mezclen la losa con los sartenes!” - De cómo lavar los platos procurando su mantenimiento.

  • “No solo por colores, también hay que seleccionarla por el tipo de fibra” - De consejos sobre cómo lavar la ropa sin destrozarla.

  • “Yo cociné. Ustedes lavan” - Sobre la distribución (dictatorial) de roles durante la cena.

  • “Eran extraterrestres” - Sobre la razón de porque figuras históricas como Newton o Pitágoras alcanzaban tales niveles de entendimiento.

  • “Un intelectual no es el que lee mucho, sino el obrero ignorante, que con cinco hijos y una mujer, logra sacar a todos adelante con un sueldo miserable” - De discusiones sobre el verdadero valor de la capacidad mental.

  • “El sentido común es el menos común de los sentidos” - De refranes y dichos sobre la sociedad en general.

  • “La historia la escriben los que ganan” - Sobre la injusticia y la imprecisión de la historia.

  • “Trabaja joven trabaja, que la frente honrada que en sudor se moja, jamás ante otra se sonroja ni servil se rinde ante quien la ultraja” - De poemas sobre el trabajo, la dignidad y la desidia típica juvenil.


A mi papá.


Por David Cerqueiro

sábado, 18 de abril de 2009

A mis espaldas

A mis espaldas siempre ocurre ese universo donde yo no tengo ni voz ni acción. Es detrás de mí, cuando me volteo confiado y abandono la conversación, donde se conjugan infinitas posibilidades sobre un mundo que por más que lo intente nunca podré presenciar.

Al verla directo a sus ojos ella sonríe, finge que no me mira y me repite políticamente lo que se enseñó a sentir por mí. Pero sé que al dejarla, al momento preciso en que le doy mi espalda, ella adquiere ese bíblico poder de hacer lo que ella quiera sin que yo pueda siquiera sospechar de qué se trata. En ese reservado espacio, donde yo tengo la entrada prohibida, es donde se genera la semilla que fecunda mis paranoias y alimenta mis supuestos más oscuros.

La dejo ir. Camino hacia mi lugar y voy amasando la arena del castillo derrumbado que fue el encuentro con ella. Pero tiene demasiada agua. Me cuestiono y sopeso cada posibilidad con cada uno de los hechos: Lo que vi, lo que ella vio, lo que ella creyó que yo había dicho y lo que yo creo que ella quiso insinuar cuando cruzó las piernas de esa manera, mientras yo escarbaba en mi trago que hacía ya buen rato se había acabado.

Sé que también disfruto de ese espacio privado, donde puedo maniobrar y maquinar sin que ella participe. Poseo sus mismos poderes y las mismas herramientas de tortura, pero inevitablemente solo puedo pensar en ella. En toda ella.

Si yo pudiese acceder a ese momento donde hablan de mí, donde deportivamente comentan sobre mí sin mesura alguna, donde ella es sincera consigo misma y automáticamente cruel conmigo, si pudiese, juro que no vería otra cosa, ni me enfocara en absolutamente nada más, que en el momento preciso para darles la espalda e ir a comprarme otro trago. Y tal vez otro para ella.


por David Cerqueiro

domingo, 12 de abril de 2009

Fuerza bruta

Las entradas de mi frente se han recogido, como huyendo de la amenaza del fuego de las treinta velas que pronto me celebran. Y soy dueño de una terca panza, que insiste en rendirse ante los abusos hedonísticos de los últimos años y que resignada, pero feliz, me lo recuerda: Ya casi tengo treinta años.

Compramos cerveza, vino blanco para las chicas y algunos snacks en la bomba de gasolina. Al llegar, los dueños de la casa, nos recibieron con una dudosa sonrisa y un fuerte apretón de manos que nos advertía: Las chicas son nuestras. Era un grupúsculo de tipos más jóvenes, inflados a presión de pesas, merengadas multi vitamínicas y franelitas apretadas de consignas rebeldes de la más resistente escarcha.

Las chicas, inertes en su actuar, esperaban al mejor postor. Entre ellas repartían breves comentarios, seguidos de risitas y miradas ambiguas. Nadie estaba seguro qué pasaba con ellas. Porque claro, eran las chicas.

Lo que aquellos señores nunca entendieron es, que debajo de las entradas descuidadas y la afable apariencia de un tipo estándar que casi llega a los treinta, se esconde un maldito que se cansó de recoger niñas cuando le provocaba, y que apenas logró recoger los escrúpulos que se necesitan para ser un tipo normal. Hace poco.

Tampoco se imaginaron los ultra poderosos, la manera invisible en que cada palabra que pronunciaba, era un cálido e hipnótico masaje diseñado específicamente para ellas. En contraste con el torpe atropello juvenil de copetes engominados y zarcillos de hombre baratos, que inútilmente ellos insistían.

Después de provocar varios silencios incómodos entre ellos y ellas, y bizarramente rescatar a las doncellas por medio de dulces comentarios susurrados que simpatizaban con su miedo a aquellas bestias, recolectamos nuestro alcohol y con una autoridad inasible, pero ya establecida, pronunciamos sin piedad alguna: Chicas, sigamos la fiesta en nuestra casa.

Emocionadas, recogieron sus pertenencias mientras aumentaban el ritmo de sus risitas y la ambigüedad de sus miradas se transformaba en un lujurioso juego del gato y el ratón.

Apretamos nosotros entonces las flácidas manos de ellos, mientras nos despedíamos cortésmente y mientras asimilaban la majestuosa indigestión que fue aquel arrebato. “Gracias por la invitación, será para una próxima vez”, se escuchaba cruelmente.

Nos cerraron la puerta, pero noté que en realidad nos la habían tirado y pensé mientras me iba abrazado de Carola: Mañana debería salir a trotar un poco.


By David Cerqueiro.


martes, 24 de marzo de 2009

Canción nueva para el papá de un amigo

Conozco esa canción, pero nunca la he escuchado. Es la imagen que sabemos se verá, que todos entienden que se mostrará pero que nadie logra ver cuando por fin se revela.

Los amigos, las caras, las gentes que se topan en nuestro camino, a veces a diario, a veces a veces. Las palabras de aquellos que respiraron nuestro mismo aire, tomaron nuestro mismo ron y pisaron el mismo asfalto. Aquellos que nos enseñaron y de nosotros igual aprendieron. Aquellos que se identificaron con nuestros logros y nos inspiraron con sus proezas.

Son aquellos con los que, hoy, lamento no poder compartir la canción que todos conocíamos pero nunca habíamos escuchado. Son aquellos a quienes, hoy, saludo y les regalo mi palabra, mi pensamiento y la compañía de mi espíritu.

Todo pasa, lo sabemos. Pero todo también queda y también lo sabemos. Pero cuando sucede, nadie sabe qué decir, nadie sabe qué pensar. Esa canción, cuya letra nos aprendimos, es hoy la primera vez que la entonamos para el papá de un amigo.


A la memoria de Henrique Iribarren.

por David Cerqueiro.

jueves, 19 de marzo de 2009

Desayuno incertidumbre

Suena la alarma y son las tres de la tarde. El reloj de pulsera lo confirma: es qué jode tarde para levantarse. Pero me consuela el hecho de que me acosté a las cinco y media de la mañana.

Alguien tocaba la puerta desesperadamente pero nunca me levanté a abrir. Confié en que era la puerta del vecino o un sueño. En los sueños las puertas suenan y cuando uno se levanta, se consigue con el abuelo de uno jugando ajedrez con nuestro mejor amigo de la infancia y al abrir, un león nos mira sospechoso y nos conduce hacia afuera, hacia la playa del pasillo donde tenemos 20 años y todas nuestras ex novias, en tetas, hablan entre ellas. Por lo general no me gusta abrir por ese tipo de cosas.

Voy a hacer té, pero solo me queda manzanilla. Tomo té porque el café me lastimó el estómago años atrás cuando me tomaba cinco tazas al día. Tomaba café porque había dejado de fumar. Fumaba por tratar de tomar menos y tomaba porque sí. El té es una mierda a final de cuentas. Pero admito que la manzanilla me tiene el estómago como el de un niño de diez. Caliento el agua para prepararme una igual.

Ya mi computadora está encendida y conectada a la Internet. Es lo primero que hago al levantarme. Abro mis correos y el chat. La mayoría de la gente que está conectada me importa cero. Cero. Todos tienen sus vidas orbitando alrededor de nada que valga la pena y aunque están siempre ahí, nunca se les ve. Cero.

Jamás desayuno porque siempre me levanto tarde y además nunca me provoca comer recién levantado. Últimamente, cuando mi estómago despierta ya es hora de la merienda o la cena tempranera. Entonces té para amortiguar hasta la cena de verdad, la de las nueve. O manzanilla.

Pues ella siempre esta en el cuarto de edición. Y hoy estará también. Utilizando 30 computadoras a la vez porque esta rendeando un proyecto 3D que es más grande que ella. Aunque dudo que algo sea más que ella en nada. Es hermosa y sus ojos son caramelos de esos que uno se quiere comer la bolsa entera no importa que caigan mal. Y además tiene un culo bellísimo. Siempre la saludo y ella contesta con su sonrisita. Detrás de ella, su compañero de trabajo, silente y prudente. Nunca le ha confesado lo que él siente, pero siempre esta detrás de ella atento. Oigo como ladra ese hijo de puta apenas me acerco. Un día se la quito y ni se va a enterar.

Me quemé con la manzanilla. Mañana trataré de levantarme temprano, ya basta de esta trasnochadera continua. No puede ser saludable. Me muerdo la punta de la lengua. Y mañana, debería preparar algo de desayuno, algo sabroso para comenzar a crear el hábito, pero no sé. Ojala la vea a ella hoy.


por David Cerqueiro R.